El temporal que mató a la novia

Xosé Alfeirán

A CORUÑA

El espectáculo del temporal en Riazor siempre ha congregado a los curiosos <span lang= es-es >Foto</span><span lang= es-es > Alberto Martí</span>
El espectáculo del temporal en Riazor siempre ha congregado a los curiosos Foto Alberto Martí

En 1925 el mar arrastró a una pareja en Veramar y causó daños en Riazor

09 feb 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Formaban una de las típicas imágenes de la sociedad coruñesa de comienzos del siglo XX. Ella, Antonia Pereiro Martínez, de 19 años, asistenta; él, Benito Santiago Gómez, de 23 años, soldado de artillería. Eran novios. Ella, natural de Gafoi en el concello de Frades, había llegado a la ciudad hacía meses para «tomar las aguas» y se quedó aquí sirviendo en la casa de una familia burguesa. Él, coruñés, esperaba acabar la mili para casarse con ella. Pero el destino se torció.

Fue un mes febrero borrascoso el de 1925, como el que estamos viviendo. Según la prensa local, hacía tiempo que no se recordaban unos días tan seguidos con la atmósfera revuelta. El temporal se agravó durante la semana de carnaval con ráfagas huracanadas del oeste y grandes chaparrones. Los fuertes vientos y las mareas vivas crearon otra de las típicas imágenes cíclicas del invierno coruñés: un mar duro con imponentes olas que se alzaban en las Xacentes, batían en procesión contra las rocas del Seixo Branco y rompían furiosamente en el Orzán y Riazor. Era un espectáculo soberbio y peligroso.

Era la madrugada del 24 de ese mes de febrero, martes de carnaval. Durante la pleamar, sobre las cinco de la mañana, violentas olas rebasaron el muro del andén de Riazor y anegaron los bajos de las casas que entonces había en el tramo derecho de la avenida de Rubine, entre la casa de baños La Primitiva y el antiguo balneario municipal (situado donde hoy está el Playa Club). Tras retirarse la marejada, una gran cantidad de arena quedó depositada en la carretera y en los solares de la zona.

Por la tarde de ese día, mucha gente fue a contemplar los desperfectos y ver cómo el agua, en la nueva pleamar, azotaba la rotonda de Miramar. Sin embargo la tragedia aconteció al otro lado de la ciudad. Sobre las cinco y media de esa tarde, Benito salió del Parque de Artillería. Estaba de guardia, pero había quedado con su novia, que lo esperaba en las cercanías del Campo de A Estrada. De paseo se acercaron a unas rocas en Veramar donde se sentaron a conversar. El mar rugía a siete u ocho metros por debajo de ellos. Distraídos no se dieron cuenta de una enorme ola que los envolvió y arrojó a las aguas embravecidas. Sucesivos golpes de mar los separaron, teniendo la suerte Benito de que uno de ellos lo acercó a la orilla, donde pudo agarrarse a las rocas y salvarse; mientras, su novia desaparecía en las aguas y nada pudo hacer por ella.

El temporal, lejos de amainar, continuó en los días siguientes. En la bahía las aguas desbordaron los muelles.

En Riazor, en las pleamares de la madrugada del 25 y de la tarde del 26, las olas volvieron a rebasar los muros destrozados del andén, destruyeron la balaustrada de cemento que había en el espigón de la Coraza y de nuevo anegaron las casas de la avenida de Rubine. La calzada quedó inundada llegando el agua de mar hasta la plaza de Pontevedra. No sería la primera ni la última vez que esto ocurriría. Es el precio a pagar por rellenar y ocupar hasta la línea de marea alta el gran playazo que allí existía.