«Aquí hay mucho friki»

Á. M. Castiñeira A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

La Segunda Guerra Mundial tiene cada vez más fans, pero de los que la libran con soldados de 15 milímetros en escenarios de cartón piedra

09 jul 2012 . Actualizado a las 07:02 h.

Lo dice -por lo bajito, con sorna y sonrisa- uno de los ocho participantes en un torneo de Flames of War. Es, aseguran, el no va más de los wargames sobre la Segunda Guerra Mundial, un tema que, lejos de caducar, gana seguidores.

No son aún las diez de la mañana. En el Dolce Vita coruñés hay muchas rejas aún bajas. La mitad del grupo, todos treintañeros, desayuna en una cafetería. Es en ese momento cuando suena la palabra inevitable. Friki, sin embargo, no es lo que era, poco le queda de peyorativo.

Minutos después, ya en el local cedido por el centro comercial ex profeso para la contienda, los generales se apuntan en una pizarra. Y claro, tienen nombres de guerra: Humphrey, Wolf, Primo Fritz, Ogoday, Pichel, Álvaro, Smugan, Charlie... Mientras, de sus maletines salen carros de combate, piezas de artillería, batallones de granaderos y hasta aviones. Cómo estén pintados los soldaditos, de más menos centímetro y medio, no carece de importancia, porque si vencer en el campo de batalla tiene premio, también lo hay para el que mejor haya manejado un pincel que en muchos casos «no tiene ni tres pelos». El tiempo invertido es: «Uffff... muchísimo», dice Wolf, con un gesto a medio camino entre la resignación y la satisfacción, al tiempo que mira su ejército. Y de dinero mejor ni hablar, que antes de ponerle color a la pieza hay que gastarse 20 o 30 euros por pelotón o tanquecito...

De vuelta al torneo, toca recordar las normas. Pichel lo hace de viva voz, aunque vienen claritas en los reglamentos, de no menos de doscientas páginas y en inglés («hay que estudiar bastante», reconoce uno de los wargamers). A partir de ahí se reparten por los distintos escenarios unas más que realistas reproducciones creadas por módulos y encajadas sobre varias mesas. En este caso habrá dos desiertos, un campo normando y Stalingrado hecha añicos. Siguiente paso: todos, metro en ristre -que la exactitud es importante-, colocan los bichitos sobre el paisaje.

Al fin, empieza la batalla. Los regimientos se mueven. Y disparan. Smugan se dispone a echar mano a unos dados, pero esto no es el parchís: agarra veintipico y los deja caer sobre la arena de Libia a ver qué pasa. Y lo que pasa es que ambos contendientes ven muy claro que han muerto tres aquí y dos allá y han salido indemnes los de acullá. Las bajas, a dormir al maletín.

A golpe de láser

Al lado, en Stalingrado, hay polémica. No está claro si un soldado del Eje se encuentra en la línea de visión del francotirador aliado que pretende acribillarlo, porque entre ambos hay un mar de ruinas más que enrevesadas. Pues nada, que el dueño del agresor se saca un puntero láser del bolsillo, lo coloca a la altura de la cabeza de la miniatura, apunta y un hilillo de luz roja alcanza el casco del enemigo. Kaputt.

Pero ¿se dedica mucha gente a esto? «Más de lo que pueda parecer», explica Smugan. De hecho, solo Terra Lúdica, el colectivo al que pertenece (en Galicia hay unos cuantos más) tiene alrededor de cuarenta socios, que a base de cuotas de 15 euros pagan mes a mes el alquiler de un local en el que trabajar sin molestar ni ser molestados. «Es que en casa no se puede. Llega un momento en el que empiezas a ver el odio en la cara de tus padres o de tu mujer», asegura.