Ayer en Madrid tuve la sensación de que mucha gente caminaba como en esas escenas de película en las que alguien, bueno o malo, encañona a otro con una pistola oculta bajo la chaqueta y le hace atravesar una multitud o un control policial como si nada estuviera ocurriendo. No es fácil advertirlo, pero el encañonado camina siempre -al menos, en las películas- un poco más envarado que de natural: tiende a inclinarse algo hacia un lado -precisamente, el de la pistola- y, aunque lo intente, muestra síntomas de alarma y miedo especialmente perceptibles en la agitación de los ojos y en la tensión de los labios.

Quizá caminamos así desde hace tiempo, sujetos a una amenaza oculta que se manifiesta todos los días en algo nuevo: no solo en las noticias de bolsa o sobre los precios de las hipotecas. Ni siquiera, en el posible desempleo. Nada de eso funciona como la pistola oculta que, en realidad, empuña otro miedo: el temor por los que amamos, por su presente y su futuro que ya no somos capaces de garantizar. Hace años, ilusos como éramos, creíamos aún en el progreso indefinido. Con el cambio de decenio o de siglo, escribí una cosa sobre esto que ahora parece una profecía, maldita sea.

Perdimos el optimismo ramplón y barato, casi gratuito. Pero nos queda el bueno: el que siempre genera la gente que sabe querer y, por tanto, arriesgarse. Hay muchas personas así, que supieron escapar del embotamiento de estos años fáciles de dinero y consignas. Gente que aún sabe pensar y querer. Optimistas nada ilusos que son nuestra esperanza.

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