Juan López fue fotografiado en 1965 mirando el mar montañoso que cruzó a Juana de Vega. En el último temporal, se reconoció en la imagen histórica y regresó al mismo lugar
05 dic 2010 . Actualizado a las 02:00 h.«No era la primera vez que veía correr el mar por Rubine», asegura Juan López Carral, pero aquel 20 de enero del 65 «bajó toda Coruña al Orzán». Aquel temporal de mar montañoso amenazó con tragarse el istmo coruñés, con un oleaje que saltó de Riazor a la plaza de Pontevedra y Juana de Vega. La curiosa multitud no se resistió a acercarse a aquel espectáculo de océano salvaje. Entre la expectación, claro está, estaba Juan. Recuerda que solo la chavalada superó la impresión para desafiar las olas. «Jugaban a escaparle a la marea, les llevaba libros y de todo».
El archivo de Alberto Martí conserva fotografías de aquella explosión de salitre y agua y, entre ellas, la del grupo de amigos de Juan. Tenía 21 años. «Mira, este soy yo, este Miguel y el de al lado Cheché», indica.
Se reconoció al verse en el periódico en la imagen histórica recuperada cuando de nuevo el Atlántico tumbó el paseo, el pasado 9 de noviembre. «No, no sabía que aquella vez me habían hecho esa foto», insiste, y como prueba de identificación muestra otra imagen con el mismo grupo de amigos, esta vez en la pedra de irás e non volverás , en el monte de San Pedro. Los perfiles coinciden.
Sin hotel, ni paseo
«Yo me reconocí por el pelo, aunque ahora no lo tengo», bromea Juan tras repetir estampa retratándose en el mismo punto que hace 45 años. Claro que entonces no había aún ni hotel Riazor, ni el estadio que hoy conocemos, ni el pabellón, ni siquiera el paseo marítimo. Apenas un pequeño murete, ni siquiera rompeolas, que no cubría más que un pequeño tramo de la línea de costa en Riazor, el lugar donde «aprendimos a nadar todos».
Sigue siendo un habitual de la zona en la que tuvo su casa hasta los 24 años, precisamente en Rubine, y baja a diario a hacer uso del paseo marítimo. Es decir, a pasear por el borde litoral. El pasado día 9, no faltó a su cita y pese que las olas barrieron la balaustrada y el Orzán se volvió cordillera «no me llamó la atención», asegura.
«El tiempo ha cambiado mucho», justifica recordando décadas de inviernos más largos, más lluviosos y más temporaleros . «Oleaje lo había muchas veces, muy a menudo», insiste, y eran tanto o más fieros, hasta el punto de que recuerda cómo se abrieron boquetes en la base de la coraza. Y el muelle, como lo siguen llamando los de su quinta, también se desbordaba en inundaciones «hasta que hicieron el dique de abrigo». Aunque entonces todavía no se les bautizaba como ciclogénesis explosiva.
Diques naturales
Mantiene Juan su particular teoría sobre la capacidad destructiva del oleaje en Riazor. «Se le ha ganado treinta metros al mar, las olas rompen treinta metros antes». Ahora que se habla de diques submarinos como una solución barrera a la marea, recuerda que en los años de su juventud existía uno natural: las rocas.
«Cada una tenía su nombre -cuenta- aquella era la sarga, y todas estaban tapadas, dentro del agua; ahora, si te fijas, quedan en la arena», de modo que «antes el mar tropezaba en ellas y llegaba descansado a la orilla y ahora no, ahora rompe encima del paseo».
Quizá por eso, y por lo repetido del episodio, no le sorprendió tampoco que cayese una vez más la barandilla. Y apunta también su opinión al respecto. «Creo que deberían de poner una más ligera, metálica, bien tratada para que no se oxide». De lo contrario, «el oleaje siempre la tirará», vaticina.
Fue mecánico, trabajó en Emesa y ahora confiesa dedicarse «a mis labores». Entre ellas, atender a los nietos, leer el periódico y bajar a pasear a diario hasta la torre de Hércules. Y en caso de catástrofe, a revisar los desperfectos. «Mira -reflexiona en voz alta- el paseo marítimo trabajo muchas cosas buenas, muy buenas, pero también tiene sus problemas. Al mar no se pueden poner puertas, y al viento tampoco».