Cuatro veteranos y dos recién llegados cuentan cómo se le planta cara a la crisis
04 jul 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Corren malos tiempos para el comercio. Y si es pequeño y tradicional, peor. Esta misma semana La Voz informaba del anuncio de cierre de una de las zapaterías históricas de la ciudad, Astoria, con 62 años a sus espaldas. Hace dos era la floristería Consuelo Obdulia de San Nicolás, que llevaba más un siglo abierta al público. Se trata de dos ejemplos llamativos por lo que tienen de símbolo. Lamentablemente, no son más que la punta del iceberg de una tendencia, la que está devorando a decenas de establecimientos menos conocidos en todos los barrios de la ciudad. Y todo ello, sin hablar de otro sector que discurre en paralelo, el de la hostelería. Esta semana dijeron adiós dos clásicos: el Odilo y el Universal.
La Federación Provincial de Comercio pone una dato sobre la mesa: en el 2001 había un 40% más de negocios en la ciudad que ahora. La cifra viene a decir hasta aquí hemos llegado. El hasta dónde llegaremos se vislumbra aún más negro. La misma entidad prevé que solo en el 2010 cerrarán unos 1.200 locales en la ciudad. Ante una situación así, La Voz ha reunido a cinco edades diferentes del comercio de la ciudad. Cuatro para explicar cómo han sobrevivido. Un último caso dirá cómo lo piensan hacer.
Pieles con solera
A mediados de los ochenta el padre de Mari Carmen Domínguez se hizo con el traspaso de la Peletería Lázaro. Ubicada en la calle San Andrés, se trata de uno de los negocios históricos del centro. «Desconozco la fecha exacta de la apertura, pero seguro que tiene unos 100 años», intenta precisar Mari Carmen, que asegura que en su sector se sigue valorando la artesanía y el buen hacer: «Un abrigo de piel es como una joya. Cuando te vas a gastar el dinero que cuesta un buen abrigo de piel, buscas un negocio de garantía. ¿Y qué mejor que uno que lleva cien años abierto?».
Esa edad no se oculta para nada. Casi todo lo que se puede ver en el interior de la peletería tiene fecha original. Las dos enormes lámparas de bronce, los mostradores, el probador y los armarios que exhiben las pieles harían las delicias de los amantes de los anticuarios. «Está todo igual. El tipo de negocio se presta a resaltar la antigüedad y, claro, hay veces que la gente se enamora. Por ejemplo, las lámparas nos las quiso comprar una peletería de Madrid».
No las vendieron. Continúan iluminando los clientes, que siguen entrando en el local pese al empuje de los grandes centros comerciales y las firmas. ¿La clave? El proceso: «Lo que le gusta a la gente es venir y decir 'quítame de aquí, quítame de allá'. Eso una cadena multinacional no te lo da. Te manda el abrigo a Barcelona o Madrid para que te lo reformen. Tú aquí ves cómo lo van reformando, lo que busca la gente. Eso es lo que nos aguanta, aunque llevemos unos años ahí, ahí».
Sí, ya apareció la crisis. En este sector afecta mucho más. «Esto es lujo y, claro, es más caro por la elaboración. No es lo mismo hacer una prenda de tela que una de piel. La gente de taller tiene que estar mejor pagada». ¿Cómo se ve el futuro? «A mí me gustaría jubilarme aquí. A ver si resistimos», sonríe.
Precio fijo como saludo
Quien accede a la mercería La Marola ve en el piso de su entrada una leyenda que indica Precio Fijo. Su fundador, Deogracias Ramón, lo colocó en 1930 para eliminar de raíz la costumbre del regateo, típica del comercio de principios de siglo. Ahora su nieta, Elisa Ramón, reconoce que a los buenos clientes les hace un descuento. «Hay que tratar bien a la gente para que no se vaya a otro sitio», admite.
En las estanterías de La Marola se acumulan cajas de prendas de marcas como Massana, Cóndor, Ory o Velasco. Despiertan la misma nostalgia que el cristal de su mostrador, rayado y desgastado por las miles de monedas que han pasado por él en los 80 años de existencia del establecimiento. Como ocurre con la peletería Lázaro, los muebles también han atraído a los cazatesoros: «Ya tienen candidatos, viene mucha gente que los quieren comprar».
Elisa asume que el negocio continúa porque cuenta con «una renta antigua» y que «resiste al ser algo familiar». Su longevidad ha permitido que cuente con una clientela fija, que en muchas ocasiones no solo busca ropa: «Hay que dedicarle mucho tiempo a cada cliente Mucha gente necesita que le escuchen. Aquí, muchas veces, los dependientes somos psicólogos. La gente te cuenta su vida. Empiezan diciendo que hace buen día y terminas con política, que si no me llega el sueldo, que si nos van a quitar la pensión, esas cosas».
Hasta 1995 trabajaban como administrativa en una joyería. «Hubo una quiebra y estuve dos años en el paro. Mi tía, que llevaba esto, se jubilaba y lo cogí yo», recuerda. Está contenta, aunque augura malos momentos: «Estás bien, pero un poco con la boca pequeña. La crisis se nota muchísimo. Si vendes un día bien, luego tienes cuatro mal. Y bien, bien ya casi no los tienes».
Calzar a varias generaciones
Los 83 años de Antonio López, propietario de las tiendas Vogue, dan para mucho. «Durante este tiempo hemos tenido inflaciones, crisis, problemas de todo tipo. Todo esto de ahora me suena a ya vivido». Sin embargo, la incertidumbre no desaparece: «Ahora te preocupas porque tienes hijos y nietos. Antes, hacías tú frente al problema, pero ahora ya tienes eso».
En 1947 pasó a formar parte del mundo comercial de la que luego sería su mujer, Concepción Villanueva. «Yo venía del mundo de los tejidos, pero pronto me adapté a esto». Se refiere a la zapatería Vogue, que, aunque en un local diferente, sigue despachando zapatos en la calle Real, además de expandirse en muchas otras tiendas durante todos estos años. «El tipo de negocio entonces era de este: comerciantes que empezaban, otros que estaban en la segunda generación. Cada vez que cierra uno de ellos sientes una tristeza enorme».
Desde entonces han cambiado muchas cosas. Entre ellas las modas: «Yo fui el primero en traer aquí las botas altas. Fui a una feria en París y compré unos 7 u 8 modelos para copiarlos luego en Mallorca. Cuando las puse en el escaparate la gente se paraba y se reía. Venían hasta de los pueblos, porque no concebían que las botas pudieran ser así. Se reían, pero me harté a vender. La chicas más avanzadas empezaron y, luego, arrastraron al resto de público».
Variaron también los modos de venta. «En los ochenta abrió el Centro Comercial Cuatro Caminos, el primero de la ciudad -recuerda-. Montamos dos tiendas allí y nos juntamos con el supuesto enemigo -se ríe-. La clave es no quedarse encasquetado en el pasado e innovar. Nosotros siempre que pudimos lo hemos hecho». Sin embargo, existe un algo en el que los comerciantes tradicionales no pueden derrumbar a las multinacionales. «Los alquileres aquí -se refiere a la calle Real- son muy caros. Por menos de dos millones de pesetas no los encuentras y cifras así solo las puede asumir una multinacional. Aunque pierdan dinero, la imagen de estar en el centro les compensa».
Libreros de toda la vida
Uno de los modos de sucesión más habituales en los negocios tradicionales consiste en que los que un día fueron empleados se hagan con las riendas del negocio. Así ocurrió en 1986 con la librería Lume, situada en Fernando Macías. Luis Martínez y Lola Porto se convirtieron en dueños del negocio que originalmente abrió en 1975. «Él se encargó de la administración, yo de los libros», recuerda Lola, que cuando se le pregunta cómo se puede llegar hasta aquí suspira: «Pasamos muchas». E indica: «Hay que ser muy tenaces y aguantar los momentos difíciles. Ya pasamos varias crisis, tuvimos dos o tres gordas. Es algo cíclico. Hay que apretar el cinturón cuando la cosa va mal».
No hay duda, «este es un momento bajo», afirma la librera. Y en su sector más aún, por todo lo que le rodea. Frente las grandes cadenas, las armas de estas pequeñas librerías con claras: «El trato al cliente y la información que tú le puedes dar. Luego, hay que servir rápido y conseguir los libros rápidamente. Económicamente no podemos luchar. A ellos no les importa estar en lo justo de precio. Tienen otro sitio de donde sacarlo».
Ese trato se traduce en «una clientela fija», en la que «los hijos de los hijos de los que fueron nuestros primeros clientes siguen ahí». Pero precisamente estas nuevas generaciones son las que traen consigo un nuevo fantasma: la revolución digital. «La gente hoy en día lee menos. Hay que luchar contra los videojuegos y, luego, está lo del libro electrónico. Yo creo que no funcionará porque un libro tiene una presentación, un olor, un todo».