La ministra de Sanidad está muda. Trinidad Jiménez participó con entusiasmo todo el verano y parte del otoño en agitar los miedos de la población. Se sumó con afirmaciones catastrofistas a la espiral de pánico desencadenada por la Organización Mundial de la Salud e instigada por intereses económicos que nunca se conocerán del todo. Primero no había vacuna, después la había, pero no bastarían las dosis para una población de riesgo que solo en España era de millones de personas. Pero ahora resulta que las vacunas hay que devolverlas, porque ni siquiera el 90% del personal médico ha querido inyectarse ¡Cuánto barullo!
La ministra salió un día en el telediario para sentenciar a muerte a diez mil españoles y se quedó tan pancha. El virus los iba a matar. Es una verdad dolorosa que la gripe A ha provocado la muerte de bastantes personas, pero no han sido más que las que fallecieron el año pasado o el anterior, o el anterior, por complicaciones con la gripe común.
En los últimos años, el pánico que le entra a la clase política cuando tiene delante un problema se está convirtiendo en un problema para nosotros. Los responsables institucionales se lavan las manos con una gestión que consiste en contagiar el miedo a la población o pasarle la pelota. Trinidad Jiménez creerá que lo hizo muy bien porque amedrentó a los españoles. El conselleiro de Educación de la Xunta pensará que es un hacha por suspender las clases ya que es invierno y, claro, a veces nieva. Cerrar los colegios es sencillo y hacerlo a machado en las cuatro provincias lo es mucho más, como si la unidad administrativa de Galicia supusiese que es homogénea orográficamente. Nevó en Forcarei, pero no en Vigo; en Palas, no en Ribadeo; en Curtis, no en A Coruña. En gran parte de los colegios gallegos ayer solo había nieve de algodón; la que pegan los niños en sus postales de Navidad.