El concesionario del optimismo

A CORUÑA

Francisco Carrera y sus hijos regentan un establecimiento de automóviles en la calle Galileo Galilei de la Grela. El combustible de sus motores es el empeño y la seriedad

14 jun 2009 . Actualizado a las 03:39 h.

Del campo a una gran urbe. De la agricultura y de la ganadería a los hierros. Así resume Francisco Carrera su evolución profesional.

Francisco nació en el lugar de Carracedo, cerca de A Rúa, en Ourense. Quizás abrió primero los oídos que los ojos; y, sin lugar a dudas, el primer ruido que escuchó fue el ronronear de un automóvil. Pero en su casa se trabajaba el campo y tenían ganado. Sin embargo, cuando las lluvias o la nieve le impedía ir a las viñas y sacar a pastar las vacas, Francisco, con tan solo 16 años, pasaba las horas limpiando hierros en un pequeño taller mecánico a donde llegaba pedaleando en una bicicleta durante unos veinticinco kilómetros.

Transcurrido un tiempo, le empezaron a pagar cien pesetas a la semana por realizar esa labor. Pero aquello no tenía futuro. Se fijaba en sus compañeros, que ya llevaban trabajando en el taller muchos años y cobraban quinientas pesetas. Aquel motor no era el que le iba a dar de comer.

Por eso, hizo una pequeña maleta y se marchó a París. El primer trabajo que encontró en la capital francesa fueron tres meses de lágrimas. Durante ese tiempo no encontró una llave que llevar a un tornillo. Su hermana le mantenía. La desesperación le invadía, y no solo por no encontrar trabajo en París, sino por tener que volver a una tierra sin futuro.

Un pequeño y rácano golpe de suerte le llevó hasta una manguera donde al aire libre se encargaba de lavar coches. Su jefe, de origen judío, vio un pequeño motor en el corazón de Francisco. Y pronto lo puso a reparar coches. Y su iniciativa le sirvió para convencer a sus paisanos gallegos para que comprasen su coche en el taller donde él trabajaba. Otra persona le contrató para un taller más importante, ya de la marca Citroën. La caja de cambios funcionó y una marcha larga le llevó hasta la jefatura de taller.

Aquello era su vida. Pero quería que sus dos hijos estudiasen en España. Su regreso no fue fácil. Varios compañeros del sector le pincharon más de una rueda de su vida. Incluso le robaron dinero aprovechando la temprana muerte de su esposa. Pero, el motor de Francisco Carrera no le dejó tirado. Para seguir rodando utilizó como combustible el empeño, la constancia y la seriedad.

Y su coche llegó a una meta donde le esperaban sus hijos. Ahora, ese mismo carburante es el que utilizan los tres para circular por la vida con su concesionario de la Grela. No es un lugar de venta de coches. Se trata de un boxes donde sus clientes se vuelven familiares.