Es la pionera de los platos precocinados en la ciudad. Con casi 78 años, continúa al pie del fogón en César Blanco
05 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Gafas ahumadas, casi 78 años y delantal de cocinera. Así recibe diariamente Pastora Ribadulla Souto a sus clientes en su comercio situado en los bajos de la remozada plaza de Lugo. Todo un clásico de la cocina y la repostería de esta ciudad: César Blanco. El primer establecimiento que comercializó platos ya preparados para que el cliente se los llevase a casa. Una pionera del take away.
El nombre de la tienda se lo debe a su marido, César Blanco Gómez, con el que se casó en 1949 y que falleció hace 15 años «con las botas puestas, como me va a pasar a mi». Un hombre dedicado al negocio «y que tuvo la mala suerte de encontrarse con Pastora, a la que también le gustaba eso de los negocios. Parece que Dios nos tuviese marcado el destino», cuenta su esposa.
«La primera tienda la abrimos en San Agustín en 1950. Era un sótano donde entraban a descargar los carros de legumbres», recuerda. El alcalde Alfonso Molina llegó a otorgar una protección especial a este comercio. Según sus propias palabras era «la tienda de los pobres». Pastora lo explica: «Eso es porque empezamos a vender al detalle. Era una época de carencias y poco dinero, y en nuestra tienda la gente podía comprar lo que realmente necesitaba. Si quería tan solo un pimiento, o cien gramos de bonito, pues se lo llevaba y nada más».
De ahí extendieron el negocio a distintos puntos de la ciudad. En 1956 abrieron el local de la plaza de Lugo -el único que sobrevive-; después vendrían el de Ramón y Cajal, que regentó su hijo, y el de lq plaza de Pontevedra: «Ese lo compramos justo el día que murió Franco», recuerda Pastora. «Fue un establecimiento muy moderno, que se adelantó a su tiempo, ya que ahora sí que se ven cosas parecidas», asegura. Aún así, el negocio fue más que bien, pero las circunstancias de la vida hicieron que fuesen desprendiéndose de los distintos locales: «Mi marido tuvo que ir a operarse de la cadera a la clínica Mayo, en EE.UU.. Ahí decidimos deshacernos de muchas cosas que no podíamos atender personalmente, entre ellas, los negocios».
Ese sigue siendo el modo de pensar de Pastora: si quieres que algo salga bien, hazlo tú mismo: «Hoy sigo cocinando todos los días, como una esclava, pero es el único modo de mantener esto. Y el día que no pueda ocuparme, pues cerraremos la puerta y ya está». De esta afirmación se desprende que ninguno de los tres hijos de Pastora continuará con el establecimiento de la plaza de Lugo: «Uno es confitero por su cuenta, a otro nunca le interesó este negocio, y a mi hija quise apartarla de esto, porque es demasiado buena: terminaría por no cobrar a la mitad de los clientes».
Pues con ella se irá un recetario que ha protagonizado no pocas fiestas en esta ciudad. Los milhojas de marisco y salmón -«una novedad, invención mía, que siempre gustó mucho»- y, por supuesto, la fina masa de las orejas que generan interminables colas a la puerta de su establecimiento llegado el carnaval, son tan solo una muestra de las especialidades que muchos echaremos de menos cuando César Blanco eche el cierre.
La posibilidad de que la cocinera ponga por escrito sus recetas no se ha planteado por ahora: «No tendría sentido. Para eso ya está Arguiñano todos los días en la tele». Pero no es lo mismo. Hay un secreto que sigue haciendo de la cocina de Pastora un referente en A Coruña: «¿Secreto? Ninguno. Tan solo horas de sacrificio y, sobre todo, mimo, mucho mimo en todo lo que haces».