La colonia surgió como iniciativa de una entidad benéfica?y entre sus paredes hay oenegés, centros de día y de mujeres
04 ene 2008 . Actualizado a las 13:08 h.La Sagrada -como popularmente se conoce al barrio- ya no es lo que era. En la década de los ochenta, su sola mención evocaba todo tipo de bufidos y sospechas negativas. Sus calles eran feudo de diversas clases de maleantes y un problema común cercenaba las ilusiones y la alegría de muchas de las familias obreras que llegaron al barrio veinte años atrás en busca de una mejora económica. Ese problema era el de la droga, básicamente la heroína, que corría a raudales, segando la vida de varias decenas de jóvenes. Esta situación tiñó de luto el barrio, hasta entonces una gran familia, y provocó una nueva reconversión interior.
Fue un cambio de piel. Atrás quedaban los primeros veinte años de vida de una colonia de viviendas que fue promovida por la Entidad Benéfica Constructora Sagrada Familia -de ahí su nombre- que estaba a su vez impulsada por el concejal Pedro Lasheras, auténtico motor de la ejecución del primer gran proyecto de construcción de pisos protegidos.
Esta particular empresa fue fundada en 1948 y desde entonces han ejecutado más de 1.500 viviendas en toda la comarca coruñesa. Hoy, esa promotora sigue funcionando bajo la dirección de un patronato que preside Gonzalo Fernández Obanza y que conserva la misma filosofía que hace medio siglo, cuando surgió el Barrio de la Sagrada Familia.
De ese espíritu solidario se han beneficiado muchos vecinos del barrio. Entre sus paredes hay toda clase de oenegés. Por ejemplo, Renacer, que dirige José Pernas y que da ejemplo con sus política de ayuda a los más desfavorecidos de la sociedad. O Equus Zebra que pugna por la integración de la cada vez más creciente comunidad de inmigrantes. Porque el barrio también se ha convertido en punto de acogida. Su vetusta estructura genera precios bajos de alquiler y propicia la llegada de muchos extranjeros.
Tranquilo
En la calle, además de las caras de siempre, es fácil encontrarse con gente de fuera. Africanos y latinoamericanos son mayoría, aunque también hay algún rumano. «Pasa como en todos lados, hay gente que se integra mejor y otra que no. Pero la situación es ahora mejor que hace veinte años», cuenta Alberto, un veterano del barrio que asegura sentirse «muy tranquilo». «Ha sido a mejor y creo que eso no se puede negar. En ningún sentido», ratifica Elena.
El centro de Cáritas trabaja también a destajo a la hora de facilitar esa integración a veces difícil. Y el centro cívico, ahora cerrado por reformas, servía hasta no hace mucho como punto de encuentro para todas las familias del barrio. Allí se radicó la primera biblioteca municipal y su pista cubierta lo mismo sirve para un baile que para que jueguen los más pequeños.
El «Maracaná» de la chave
Los mayores prefieren la chave. En la plaza de la Sagrada Familia está uno de los templos sagrados de este deporte en la ciudad. «Aquí solo juegan los buenos, es como Maracaná», bromea un peatón que transita por las inmediaciones de una pista que demanda una mano de pintura.
La placita, reformada antes de la última comparecencia en las urnas de Francisco Vázquez, asoma entre las moles de cemento como el único punto de encuentro de un barrio que conserva sus raíces, al menos en parte.
A menos de cien metros, al otro lado de la ronda de Outeiro, que ejerce como invisible frontera, Vioño, el viejo reducto agrícola de la ciudad, da paso a una urbanización de lujo y un parque de estilo inglés. Mientras, la Sagrada prepara su lavado de cara.