Durante algo más de seis horas, nueve hombres y mujeres se encerraron en una sala de la Audiencia Provincial para decidir si enviaban a Olga Cotelo a prisión o a su casa. Cuatro de ellos tenían claro que esta carballesa que cumplió 49 años esta semana, sentada en el banquillo acusados, echó sulfato en el jarabe de su suegra para darle muerte. Pero los otros cinco dudaban de que eso fuese cierto. Y ante la duda, tal y como les había advertido el juez y el letrado de la defensa en su alegato, su deber era votar en favor de la procesada. Así lo hicieron.
Un portavoz leyó el veredicto en presencia de la imputada, su esposo, su hija y cuatro familiares: «Por cinco votos a favor y cuatro en contra, declaramos a la procesada, Olga Cotelo, no culpable del delito de asesinato por el que fue juzgada». La interesada ni se inmutó. No así su esposo y su hija que, emocionados, se abrazaron. Olga no comprendió que esa frase significaba su libertad. Su abogado, el penalista coruñés Víctor Espinosa, tuvo que explicarle que el jurado la había absuelto. Entonces corrió a abrazarse a su familia.
Durante cuatro días, la acusada de matar por envenenamiento a su suegra en el lugar de Añón de Berdillo, en Carballo, en enero del año pasado, permaneció sentada, con la vista en el suelo, escuchando a los más de veinte testigos que pasaron por la sala de la Audiencia. La gran mayoría, para inculpar a la imputada. Solo unos pocos le echaron una mano. Ni siquiera la propia imputada se defendió. Cuando le pidieron que hablase, de su boca no salieron más que palabras ininteligibles. Tampoco su esposo e hija testificaron. Aconsejados por el abogado, se acogieron al derecho a no declarar contra un familiar directo.
Una sorpresa
La sentencia absolutoria fue toda una sorpresa. Es poco habitual, que un procesado que se declara culpable en comisaría y ante la psiquiatra que la trató tras el arresto, salga libre tras el juicio. Olga Cotelo, sí. Y eso que lo tenía casi todo en contra. La familia de su marido declaró contra ella. La policía, los forenses y los psiquiatras, salvo el aportado por la defensa, pintaron el futuro de esta mujer más negro que el carbón. Pero el hecho de que el jarabe pasase por cinco manos antes de caer al estómago de Jesusa Souto impregnó la duda a cinco miembros del jurado. Y es que la víctima consumió el medicamento contaminado el día 12 de enero de manos de su hija, con quien pasaba las Navidades, y quien recibió la bolsa con los fármacos de manos de un hermano que, a su vez, los había recogido en casa de la sospechosa, a donde lo había llevado otro hijo de Jesusa después de que su esposa lo comprara en la farmacia. Ese baile de manos pesó más en el jurado que la confesión de Olga ante la policía.
Fueron tres los agentes que así lo recordaron en el juicio. «Cuando tenía que declarar estaba muy nerviosa y entre sollozos dijo que ella no quería hacerle daño a su suegra y que su marido y su hija ya la habían perdonado», afirmó el instructor del caso. Al escuchar la confesión, los policías detuvieron a la mujer, que posteriormente fue reconocida por una psiquiatra. la doctora no siquiera había tomado asiento cuando la detenida espetó: «Le eché sulfato en el jarabe a mi suegra».
Un «accidente»
Dos meses antes y cuando Jesusa, de 92 años, agonizaba en el hospital, su marido se presentó en comisaría para asesorarse de qué le podría suceder a Olga si hubiese ocurrido un «accidente». Según la versión de una de las cuñadas de Gelasio, Dolores, el hombre encontró en casa el producto con el que supuestamente su mujer envenenó a su madre. «Me dijo que lo acompañase al hospital porque había encontrado algo que igual podía ayudar a Jesusa», contó Dolores, que fue incapaz de aclarar por qué Gelasio había deducido que el pesticida que halló en el garaje de su vivienda era el producto que había ingerido su madre. «¿Cómo llegó a sospechar Gelasio que era ese pesticida?», preguntó el fiscal; a lo que Dolores respondió, tras un largo silencio, que ella no sabía ni había visto «nada».