Es al mismo tiempo el gran escenario de la creatividad y la alcantarilla que recoge todo tipo de desechos. Internet es la plaza pública de la aldea global y YouTube uno de sus grandes escaparates. Un escaparate abierto al arte, la sonrisa, el guiño y la fiesta de cumpleaños familiar, pero también a las palizas de adolescentes a otros menores en lugares tan cercanos como Boiro o Nigrán o el anuncio de las intenciones asesinas de un finlandés de 18 años con grave trastorno de personalidad. Hay ya grandes unidades policiales dedicadas a rastrear el delito real en el mundo virtual y hay que crear, si es que aún no existen, brigadas YouTube para identificar a quienes disfrutan con la difusión de imágenes de sus actos o de sus intenciones criminales. Y sumarles brigadas de psiquiatras y de otros investigadores que analicen los nuevos síntomas de viejos males y nos digan si la creciente confusión entre violencia real y difusión virtual tiene que ver con el cambio de afecto por objetos o con el aparcamiento de niños ante la tele o el ordenador.