El servicio de ayuda a domicilio municipal da servicio a 580 jubilados y acumula listas de espera con más de 200 solicitantes En la ciudad coruñesa viven solas 4.700 personas mayores de 65 años
04 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Va a cumplir 97 años, se llama Rodrigo García Vizoso (muchos lo recordarán porque fue jugador del Dépor) y vive solo. Todos los días se da una vuelta por el dique de abrigo y lleva a pasear a los perros de su sobrina. Dice que éste es el único ejercicio que hace ahora «y una buena excusa para correr detrás de las mascotas», comenta con humor. Después del paseo, se sienta en el restaurante de siempre, al que acude desde hace doce años. «Cuando murió mi mujer, hace trece, me hacía yo la comida, pero cuando terminaba de cocinar ya no tenía hambre, así que tomé la determinación de ir al restaurante». El caso de Rodrigo es algo fuera de lo normal: 97 años, una mente clara y un estado físico envidiable. Tiene, como dice él, los achaques propios de la edad, pero eso no le impide hacer la cama todos los días, poner la lavadora y tender la ropa, limpiar la casa y hasta sacudir los colchones («son de lana, porque mi mujer no los quiso cambiar por los de Flex»). Asegura que se alimenta bien y que sobre todo come pescado y pasta. «La carne me molesta en la dentadura», explica. Sin embargo, no le cuesta tanto masticar su cena favorita: chorizo con pan. Es su capricho de todos los días. Agua y paseos Admite que su secreto para conservar la salud no es el chorizo, sino beber mucha, muchísima agua, y los paseos. «Es que no me duele nada». Eso sí, para él, el fútbol ahora está prohibido: «Sólo veo los resúmenes en la tele porque si veo los partidos enteros (es madridista y deportivista) me pongo muy nervioso». Rodrigo se las apaña bien, pero de los 4.700 mayores de 65 años que viven solos en la ciudad muchos están en lista de espera para poder acceder a una plaza en un centro de día, una residencia o simplemente recibir asistencia a domicilio. José Botana, por ejemplo, recuerda que tuvo mucha suerte: «Sé que no se lo conceden a cualquiera y yo ahora tengo a una asistente social que me ayuda a hacer la cama, limpiar la cocina, hacer la comida y planchar». ¿Y sobre la posibilidad de ingresar en una residencia? «Por ahora prefiero seguir independiente, me gusta estar en casa». José tiene miedo a echar de menos a la familia, más de lo que la echa en falta ahora. «Lo peor es sentirse solo». Por eso, cargando con sus 82 años, una operación de próstata y otra de carótidas, con las cervicales hechas polvo y con un hígado que le empieza a fallar, se esfuerza por salir a la calle y pasear. «Me lo han recomendado y quiero seguir en contacto con la gente». De vez en cuando, pasa frente a la peluquería que regentaba y que ahora tiene alquilada. «Es pequeña, sólo tiene un sillón, pero me da algo de dinero porque tengo una pensión muy pequeñita», explica. En el centro de día Otro mundo es el de los centros de día. Marisa y Teresa, por ejemplo, conviven con otras 28 personas en el de la Cruz Roja del Campo de Marte. Entran «al colegio», como dicen ellas, por la mañana temprano y participan en las clases de gimnasia y en los distintos talleres que fortalecen la memoria, las relaciones sociales, la salud y la calidad de vida en general. Teresa, que ya ha cumplido 86 años, reconoce que es doblemente afortunada porque disfruta del servicio de ayuda a domicilio y de las ventajas de estar en el centro de día, donde se ofrece atención a los mayores de 9.30 a 18 horas. «Voy siempre acompañada al banco, a la compra, en las tareas de la casa... es una suerte. Lo malo es que es que la asistente es una chica y no un chico», dice con humor. Asegura que en el tiempo que lleva en el centro ha engordado un poco, «porque nos dan muy bien de comer y de merendar», algo que intenta compensar con una cena más ligera: «Sólo un yogur». La familia La directora del centro de día de Cruz Roja, Pura Legazpi, explica que Teresa mantiene una vitalidad asombrosa y que sigue leyendo novelas de Corín Tellado («es que es muy romántica», aclara Pura) y escribiendo poemas. Dice que lo único que echa en falta es a la familia, (una hija está en Ciudad Real y otro en Ferrol) «pero tienen que trabajar para vivir», se consuela. Cuando sus piernas empiecen a fallar, eso sí, tiene claro que pedirá plaza en una residencia. Sus favoritas son la de Oleiros y la de Matogrande. Para Marisa, a punto de cumplir los 80, las piernas ya son un problema. Todavía se recupera de una operación complicada y aprende a andar con prótesis. Su situación en casa cambió después de esa intervención y comenzó a vivir con su hija. Tienen ayuda para las tareas de la casa, pero Marisa se esfuerza en hacer su cama, en su aseo y, sobre todo, en ponerse las medias, «aunque tarde media hora». Desde que es usuaria del servicio de teleasistencia a domicilio está más tranquila. En cuanto llega a casa se pone el collar de emergencia y en el caso de una caída aprieta el botón y enseguida llega una unidad de Cruz Roja. «Lo utilicé una noche que me encontraba mal y tenía temblores. Me atendió un médico. Pero yo lo llevo siempre, incluso en la ducha por si me caigo». Para Veneranda, usuaria del centro de día de la Sagrada Familia, su vida también es más fácil desde que tiene la ayuda de una asistente social: «Sin ella no podría asearme, seguir el tratamiento o pasear». Dice que los 83 años «no perdonan» y que ella misma, después de morirle el marido y una hermana, la que decidió solicitar una plaza en el centro de día. Pero deja claro: «No soy de esas que están sentadas toda la tarde».