HERCULÍNEAS | O |

05 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

HAY UNA propuesta política para cambiarle el nombre al hospital Juan Canalejo, un malo-maloso que dirigió la Falange coruñesa en los años treinta del siglo pasado. En la foto del archivo de La Voz es una cabeza en blanco y negro con bigotito que sólo tiene calidad para publicarse a una columna. La idea del cambio de nombre sería acertada si, llamándole por ejemplo Hospital Central, como la serie de la tele, los heridos y enfermos se curaran al grito de coooorten, la toma es buena, descansen que en un momento volvemos a rodar. Entonces se limpiarían las manchas de salsa de tomate y se echarían unas risas. Si cambiándole el nombre a las cosas éstas mejoraran, hace muchos años que la escoliosis se llamaría mermelada de frambuesa, para que, en lugar de doler, gustara. La realidad es otra. El Juan Canalejo es un hospital y en los hospitales, por mucho que les cambiemos el nombre, siempre habrá heridos y enfermos. También hay unas listas de espera de aquí a mañana y nadie se tira de los pelos. Las listas de espera hacen mucho más daño que ese señor que se llamaba Juan Canalejo y que ya no existe, pero nadie ha propuesto cambiarles el nombre. Hay otro Juan Canalejo del que no se habla en la propuesta. Es una calle de copas de la zona del Orzán. Si bajas un viernes o un sábado puedes escuchar qué ciego, tío; enorme pedal; y tú, qué miras, neno; qué fuerte, voy a echar la pota. Quienes dicen esto son jóvenes, algunos menores. Quizás no tan relevantes para quienes se obsesionan con los muertos. Afortunadamente, los trabajadores de lo que, por ahora, se llama hospital Juan Canalejo, siguen obsesionados con los vivos. laureano.lopez@lavoz.es