HERCULÍNEAS | O |
15 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.CASI no recuerdo el sabor del solomillo. Creo que estaba rico. Ayer me detuve delante de un restaurante. El aroma de la cocina llegaba a la calle. Era un olor fuerte, casi insoportable, desde luego nuevo para mi nariz. Tenía hambre, así que entré. Pedí una menestra de verduras. De pronto, todo el mundo, camareros y clientes, enmudeció. Pude leer en sus caras «éste tío se ha vuelto loco de remate». Apareció en escena el dueño del local. Pero, qué pretende, ¿hundirnos el negocio? Yo no entendía nada. Sólo quiero comer, hace días que no pruebo bocado, no pretendo molestar. Me entregó la carta. Esto es lo que hay, dijo. Ningún plato me sonaba. Quizás una tortilla, sugerí. Hace mucho que aquí no se sirve comida, respondió. Entonces, pregunté, qué hace toda esa gente, y señalé a los que ocupaban las mesas que había a mi alrededor. Se están comiendo un estatuto, dijo en voz baja, es el plato del día. Y con un gesto me indicó que le acompañara a un reservado. Hace mucho tiempo, me explicó, en los restaurantes servíamos alimentos de verdad. Entonces, hubo una huelga de transportes, empezaron a escasear los yogures, el pan, el pollo. La gente se moría de hambre. En los hospitales se agotó la sangre para las transfusiones. Qué hicieron los políticos, pregunté. Más bien poco, estaban a sus cosas, ya sabe. Bueno, sí, añadió, sustituyeron la sangre por preámbulos y por apéndices. En los restaurantes se empezaron a servir capítulos y enmiendas. Al principio la gente se molestó, aunque luego... Entonces, sonó el despertador. Salté de la cama y me fui directo a la cocina. Abrí la nevera. Estaba, ya me lo temía, llena de papeles. laureano.lopez@lavoz.es