Reportaje | Un perro superdotado Su dueño dice que el can es capaz de obedecer hasta ciento cincuenta órdenes, lo que ha colocado a los de su especie en la primera línea de los rastreadores de explosivos
08 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.¿Ha imaginado que un perro puede buscar las llaves para luego entregárselas a su dueño a modo de invitación para que salgan de casa? Hasta aquí había oído hablar de muchas historias de perros, de aquellos que buscan su correa en casa y se la tiran a los pies al dueño. Pero nunca de un hecho tan peculiar. Es indudable que a algunos de estos animales, tanto como al gorila que vimos en televisión midiendo la profundidad del río para cruzarlo, sólo les falta decir: «Buenos días, mi señor». La mascota se llama Tolo , elegido para abreviar su nombre oficial, que suena así: Ka-ka-tue del Ma-ris-me-ño. Horrible, ¿verdad?, sobre todo si uno tiene que llamarlo a voces en medio de un jardín atestado de gente. Es fácil imaginar el desconcierto. Nació en Sevilla, en 1996, en una camada de diez cachorros. En su ficha se pueden leer las siguientes indicaciones: Raza, 216; especie, perro, y un código de identificación que es casi tan largo como su propio nombre oficial: 985100005264374. Su dueño explica, mientras su hija juega con el animal, que no es un perro como los demás. Es un can de agua, un turco andaluz de las marismas del Guadalquivir y la Sierra de Cádiz. Según cuenta, fueron los turcos los que lo introdujeron en España en el siglo XI. Se cree que es la raza autóctona más antigua que existe. «Todo esto -insiste-, no está demostrado». Lo que más atrae de este can no es tanto su pelaje suave, con bucles que le cubren los ojos, sino su inteligencia, una predisposición innata que le permite obedecer hasta más de 150 órdenes. O sea, que traspasa las típicas órdenes de ¡Siéntate! ¡No te muevas! ¡Ven aquí! ¡Dame la pata! ¡Túmbate!, etcétera. Tolo va más allá, e incluso depende mucho de la educación que recibe para pasar este umbral de las 150 órdenes. Además, subraya su dueño que le puede llegar a molestar la indiferencia. Sentimientos que son propios del ser humano. A raíz de esto, uno puede entender por qué los perros de agua, -asegura que las hembras aún son más listas-, han empezado a desbancar a los míticos pastores alemanes, iconos de la II Guerra Mundial, en detección de explosivos. Su tremendo olfato, según su dueño, es la clave de todo y les ha colocado en las primeras líneas de los rescates junto a los bomberos. Y allá en Sevilla, indica, en las marismas del Guadalquivir, Tolo y los de su especie son utilizados en las partidas de caza para recoger las piezas. Se dice también que en el Cantábrico su ayuda en la pesca ha sido siempre fundamental. Cuando se caían aparejos al mar, los marineros los lanzaban al agua a buscarlos. Más logros La inteligencia privilegiada de Tolo le ha brindado la presencia no sólo en platós de televisión, -rodó ya varios anuncios, uno con Fadesa, y participó en obras de teatro-, sino en muestras internacionales, como la exposición canina de 1999 en Sevilla, donde una tía suya fue campeona del mundo y él, en la misma edición, quedó de cuarto excelente entre doce perros adiestrados. Nunca le habían brindado la oportunidad de estar a las órdenes de un cuidador. Lo cual para su dueño es «todo un mérito». «Le ayudó su propia disposición natural», confiesa. La inteligencia de Tolo es comparable a la del perro del anuncio de la Primitiva, Pancho , desde luego retocado digitalmente para hacer tareas como poner una lavadora, enhebrar la aguja, comprar el periódico a su dueño y traerle las zapatillas. Tolo no ha llegado a este nivel, pero, según las revelaciones de su dueño, uno de su raza, pastor de ovejas, fue capaz de volver a casa para buscar el sombrero que el dueño había olvidado. Aunque parezca increíble no es tan descabellada la anécdota que sigue. Una amiga de la familia que tiene un perra de agua les contó un día que habían mandado a ésta vigilar a su bebé. El niño gateaba aún. Lo que hizo la amiga fue dibujar un círculo con tiza blanca cerca de la chimenea. Luego dio las instrucciones al animal, advirtiéndole que el pequeño no podía o debía salir del círculo. Y así fue. Cada vez que el bebé traspasaba los límites, la perra lo cogía del cogote y lo devolvía al círculo. Increíble, pero cierto. Ya de camino a casa no deja de asediar mi mente la terrible imagen veraniega de chuchos abandonados. Hablo de aquellos insensatos que no saben que existe entre perros y hombres más que una relación, una unión milenaria.