La pérdida de poder de los patriarcas y el cierre de una oenegé disparan los conflictos La agresión a una mujer abrió una batalla entre los Pitorros y otra familia de la zona
08 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.?na puñalada desató la vendetta gitana en Penamoa. Fue el pasado mes de agosto y desde entonces dos clanes del poblado mantienen una guerra abierta en la que hasta la policía nacional ha tenido que participar con su unidad de intervención. Dos pastores de la iglesia evangélica están tratando de poner paz en el poblado, muy agitado en los últimos días. El primer episodio violento tuvo lugar un sábado, cuando un matrimonio que reside en el poblado terminó una discusión con una agresión que, a día de hoy, aún no está esclarecida. La familia del hombre dice que ambos discutieron y ella, perteneciente a un clan denominado de los Pitorros, abandonó el domicilio familiar para volver acompañada de primos y hermanos armados hasta los dientes. Poco después se formó un tumulto y en el mismo fue cuando la esposa recibió una puñalada que su marido no dirigía a ella, según declaró el supuesto agresor ante el juez que lo envió a prisión. Tras este encarcelamiento la familia juró venganza contra los Pitorros. Días más tarde comenzaron a arder de forma consecutiva las casas de ambos clanes. «El problema es que la figura del patriarca ha perdido mucho peso. Hace unos años hubiese bastado una reunión con él para amigar a las familias, pero los jóvenes ya no le tienen el respeto de antaño», apunta un abogado que conoce el caso de primera mano. Una oenegé menos Los gitanos han perdido otro punto de entendimiento en los últimos meses, puesto que la organización Caló de apoyo a este colectivo se ha quedado sin una religiosa que visitaba todas las semanas el asentamiento y era muy respetada. «La han trasladado a Pontedeume y nadie más ha podido continuar su labor allá arriba. Ella buscó a gente para que siguiesen ayudando, pero nadie quería quedarse con esa responsabilidad», confirma a este periódico otra religiosa de la Compañía de María. Carmen Ulloa, responsable de la oenegé desaparecida, funcionaba como intermediaria entre muchas instituciones y las familias de Penamoa, pero además sus opiniones y regañinas eran mucho más efectivas que algunas operaciones policiales. A Carmen le era más sencillo entrar en algunas casas que a los agentes de antidisturbios, que esta semana terminaron heridos tratando de poner orden en el poblado, donde tienen un dispositivo especial desde el mes de agosto. Los dos pastores de la iglesia evangélica que tratan de apaciguar la zona no han impedido que las mujeres de uno de los clanes implicados se hayan visto obligadas a dejar el asentamiento. «Se han tenido que ir porque sólo quedan ellas, sus maridos y hermanos están muertos y en la cárcel», relata un abogado que lleva algunos asuntos de esta familia. Exiliadas Las mujeres están lejos de Penamoa, pero no se amilanan. La semana pasada una de ellas denunció a un hombre de otro clan porque, según su testimonio, trató de atropellarla a ella y a su hija en un paso de peatones del Ventorrillo. El juzgado que lleva el caso tomó declaración al supuesto agresor y lo dejó en libertad. «Creo que los magistrados entienden la singularidad del conflicto y están dando tiempo a los pastores a poner paz, si no las agresiones, lejos de parar, irán a más. Es la ley gitana», asegura el abogado de una de las partes.