«Tengo un papá en América»

A CORUÑA

XOSÉ CASTRO

Reportaje | Regresan los miembros del programa «Aprender en USA» Cristina Otero fue una de los cuarenta coruñeses que estudió este año en Estados Unidos. Fue animadora y alumna del año. «Me acordaré toda la vida», dice

24 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

?ristina Otero y sus treinta y nueve compañeros de aventura visitaron ayer María Pita con sus mejores galas. Llegan de diez meses en América y atrás quedan muchas anécdotas inolvidables. Ayer, entre canapés y sorbetes de limón, Cristina recordaba su paso por el equipo de animadoras de su instituto de Ludington, en el estado de Michigan. «Participamos en las competiciones estatales y quedamos segundas», cuenta. De su vida en América recuerda especialmente a su familia adoptiva. «Mi papá es arquitecto y mi mamá era una profesora jubilada», dice con todo cariño. Su estancia en Estados Unidos estuvo salpicada de pequeñas aventuras, pero Cristina no olvidará nunca la nieve. «Era un pueblo más pequeño que Betanzos y estuvo nevado cinco meses. «¡Yo jamás había visto la nieve!», comenta. En su colegio eran unos quinientos estudiantes. «La integración fue muy fácil. Nos recibieron muy bien. Yo hablaba inglés de antes y no tuve grandes problemas. De hecho, acabé el año incluida en el grupo de alumnos de honor del centro por haber sacado AS -el equivalente a los sobresalientes de toda la vida- en todas las asignaturas», dice Cristina, que el próximo curso se reintegrará a sus clases en los Jesuitas tras una experiencia inolvidable. «Es que el año pasado me fui con la Ruta Quetzal y luego a Estados Unidos y cuando vuelva a casa ya no sé si me reconocerán», bromea. Sentimientos muy parecidos manifiesta Manuel Iglesias, un alumno de la Grande Obra de Atocha que pasó el curso académico en la localidad de Valparaíso, en el estado de Indiana. «Yo hablaba inglés lo justo, lo que había aprendido en el colegio para defenderme. Las primeras semanas no me enteraba de nada, pero luego me lo pasé genial», relata. Ni siquiera tuvo problemas de adaptación en el plano gastronómico. «Es cierto que comen mucha comida basura, pero al final te acaba gustando. Y en mi casa mi madre adoptiva cocinaba de todo, verduras y carne. La verdad es que no había ningún problema», afirma.