HERCULÍNEAS | O |
17 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.LA PASADA semana morían en Malpica cuatro jóvenes coruñeses tras sufrir un accidente de coche. Su muerte es anterior al estreno, un día antes, del corto Mártires, de un buen amigo mío, Xosé Zapata. Mártires aborda un tema ya conocido por todos: las muertes de los jóvenes gallegos en las carreteras. Tres amigos, tras pasar una larga noche de copas hablando de planes de futuro, se atreven a coger el coche y se matan de regreso a casa. Este tipo de argumento lo hemos oído mil veces. Sin embargo, para muchos son cuentos sin moraleja. Creo haber dicho una vez aquí que el que se mata no se mata solo. Mata también a los suyos: mata a sus padres, madres, hermanas, tíos, amigos. A aquellos que sobrevivirán después con la congoja royéndoles el alma como malévolas ratas. Vivimos un drama colectivo, el de los hijos de la tierra. Los hijos de A Coruña. ¿Quién nos enterrará? ¿Quién llorará ante nuestras tumbas cuando ya no estemos? Hemos invertido la ley existencial que dice que el vástago enterrará a su padre. Un joven que se mata es una luz que se apaga. ¿Cuando vamos a entender que en esta casa, ventana del Atlántico, lo que queremos es disfrutar de un campo de luces donde no falte ninguna? victor.omgba@lavoz.es