Reportaje | Una clase para el paladar Dulce, amargo, salado o ácido se mezclaron ayer en una peculiar escuela de sabores de la Fundación María José Jove y el Centro Superior de Hostelería de Galicia
25 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.?ico se peleó con su enorme gorro de cocinero. Se le calaba hasta los ojos, no dejaba de caerse y amenazaba con descolgarle las orejas. «Malo, malo, malo», lo reprendió. Pero ni el gorro lo distrajo de su interés preferente por ser el primero para todo: para extender el almíbar, para coger la manga pastelera, para batir la nata o para espolvorear ¡¡¡el chocolate!!! Demasiada tentación para una vez que no está prohibido meter las manos en la masa. Sobre todo cuando la edad todavía se dice enseñando los dedos de una mano. Porque eso hicieron ayer un grupo de niños de 4 a 12 años: sin miedo a mancharse, meter las manos en el bizcocho, el almíbar y demás delicias habitualmente sólo manipulables por los mayores. Hijos de empleados de Fadesa, asistieron a una peculiar clase de nutrición e iniciación a la repostería en el Hotel Barceló. El resultado final fueron cuatro tartas y muchas experiencias gustativas. A iniciativa de la Fundación María José Jove, Aitor Maiora (de nombre cocinero para los alumnos), fue el profe. Del Centro Superior de Hostelería de Galicia, convirtió en todo un juego una lección sobre los sabores y la alimentación. Y rompió tópicos. «No me gusta, pero me lo como todo». Noelia, dos trenzas y cuatro años, no le hizo ascos ni al puro chocolate puro. Antes de extender la primera capa para la tarta, ya estaba preguntando: «¿Pero cuándo la vamos a comer». Más distraída andaba Sofía, la benjamina, que pronto se cansó de guardar cola para extender eso que el cocinero llamó jarabe. Era agua y azúcar, dos colores raros en el universo para pintar, con brocha y todo, una tarta. «Este es el verdadero chocolate, es amargo», explicaba Aitor antes de obtener un unísono «corazón» a la pregunta de cuál era el preferido para el paladar. Por supuesto, ganaron los bombones de toda la vida. Poco les importó a los pequeños que Aitor insistiese: «Están más ricos, porque son dulces, pero no es chocolate». Hubo todavía más sorpresas para todos. Incluido Óscar, un pequeño pirata -con bigotes de cocinero- que hizo de la brocha primero una trompeta y después una espada y que no dudó en decir, alto y claro, que nada sabe mejor que la costilla. Fue él, como los demás, de los reacios a probar lo ácido, una crema de chocolate blanco con yogur, mermelada cruda de limón y jarabe de frutos rojos. Una curiosa mezcla mágica: consigue poner a todos «cara de chinos», decían los niños. Pero lo mejor, llegó después. Medio saciados ya por las chorreras de nata que «parecen serpientes», se las prometían con las piruletas. Gran chasco general: eran de chocolate, naranja... y sal. Las patatas fritas no aparecieron, pero todos aprendieron -además de a distinguir lo dulce de lo ácido, lo salado y lo amargo-, que no es oro todo lo que reluce. Ni piruleta todo lo que lleva palo.