HERCULÍNEAS | O |
04 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.SÓLO HAY algo peor que nacer paso de peatones. Nacer paso de peatones y que nadie te ponga un pie encima. Si acaso los neumáticos de los coches, cuatro segundos, mientras el automovilista reposa el dedo índice en la nariz y mira hacia el semáforo rojo, naranja-naranja-naranja, verde, mete la primera, la segunda, la tercera y bruuummm, se abalanza sobre un nuevo paso de peatones, un nuevo semáforo y brummmm, brummmm, se pierde en la distancia. Nacer paso de peatones para que nadie te pise. En la avenida de Gran Canaria, zona de Ciudad Escolar para más señas, un paso de peatones contempla cómo los mayores y los niños cruzan el asfalto sin prestarle atención. ¿Seré invisible?, se pregunta. Le evitan casi como haciéndole un favor. No se lo hacen. Y él, sin poder desahogarse con un grito porque le han dado una mano de pintura reflectante, pero ni voz ni voto. Un paso de peatones que no consigue comprender por qué la gente corre, sin pisarlo, hacia las cornisas de los edificios cuando caen esas trombas de agua propias del verano en A Coruña. Una ciudad donde a los pasos de peatones, franjas blancas huérfanas de huellas de zapatos, casi te los puedes tropezar a las puertas del Inem. laureano.lopez@lavoz.es