Alicia de las maravillas

R. D. Seoane A CORUÑA

A CORUÑA

CÉSAR QUIAN

Testimonio | Historia de una niña artista Tiene 8 años, fibrosis quística y es pintora. Ha pasado ya por dos trasplantes y largos procesos de aislamiento. El día 22 inaugura una exposición en el Casino. Un homenaje a la superación. Todo un ejemplo del arte de vivir frente a la contrariedad

30 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

?licia tiene 8 años -el 11 de agosto cumplirá 9- y una enfermedad hereditaria «que me pusiste tú», dice como quien habla del tiempo señalando a su madre, Violeta. Como ella, pocos, pero demasiados, sufren fibrosis quística, un trastorno crónico que provoca serios problemas digestivos y respiratorios. Como ella, pocos, casi nadie, son capaces de sonreír a la amenaza hasta rendirla. De vestir de miel, con tan sólo pasar sus ojos, lo amargo. Y lo ha hecho con el arco iris. Otros niños corren, saltan.., como Javier, su hermano de 5 años, el deportista de la familia. Ella es la artista. Aunque también ha hecho y hace ejercicio, siempre que puede. Incluso ha practicado escalada. Pero se ha pasado mucho de su corta vida ingresada. Sabe de grises y blancos hospitalarios. A lo mejor de ahí le viene que su juguete preferido haya sido el color. «Mi madre también pintaba -cuenta Violeta- no sé si en esto también habrá algo genético». El día 22, Alicia inaugurará su primera exposición en el Sporting Club Casino. Veintiún lienzos, tantos como medicamentos toma al día, muestran el universo natural, creado entre mascarillas, de una pequeña serena, de metro y catorce centímetros y ojos pardos. Grandes, callados, pero a los que nada escapa. Hoy se recupera de su segundo trasplante de hígado entre A Coruña y Arillo. «Me gusta más nadar que pintar», dice espontánea. Será porque en la piscina del chalé -el mar o las piscinas públicas suponen un riesgo de infecciones- y a cuatro meses de su segundo injerto vital, también hay azul turquesa. Su color preferido. Alicia muestra sus dibujos. El Atardecer en Kenia , que desde la primera pincelada era tan melocotón, es el que más le gusta. No tiene nada de indecisa. Sabe muy bien qué le agrada y qué no. «No me gusta el hotel Juan Canalejo», cuenta. A pesar de que «fue el único hospital que aceptó operarla», subraya la madre. Le dio la segunda oportunidad. Pero es que cuando otros juegan con el Lego, Alicia conocía de memoria el funcionamiento de la máquina de infusión o del dispositivo intravenoso. Apenas nacida, en Madrid, la operaron. El primer año no pudo comer. La alimentaban artificialmente. A los cuatro, el primer trasplante en el 12 de Octubre. Tres meses después, desarrolló un linfoma y llegó la quimioterapia y los aislamientos largos. Antes ya había mostrado interés por los pinceles, una ventana abierta de la mano de profesores de arte. Ingresada, pintó los cristales de su habitación, la puerta... y siguió por el resto de la planta del hospital madrileño. Pero llegó el momento en que «los médicos me dijeron que ya no sabían qué hacer», recuerda Violeta. La familia -el padre es funcionario de las Naciones Unidas y la madre empleada en excedencia del Banco de España- se trasladó en abril del 2001 a Viena, donde superó también el cáncer. Tuvo una segunda recaída y «en el 2003 nos dijeron que su hígado era terminal». Y comenzó la peregrinación: Hannover, Toronto, La Paz, Vall d'Hebrón... hasta Pittsburgh. «En Estados Unidos ni siquiera la miraron, nos dijeron directamente que la trajéramos a A Coruña; me sentó hasta mal, pensé que era una tomadura de pelo», cuenta Violeta. Pero se vinieron. En el Materno trabaja el equipo del doctor Bueno, formado en Norteamérica. Esperaron de octubre a febrero y apareció el hígado. «Bien, estoy bien», dice ahora Alicia cuando se le pregunta cómo está.