Reportaje | Vías que complican (más) el tráfico No hay mar ni pateras: tres metros de calzada separan las dos orillas de la calle José María Hernansáez. Un tapón que preocupa mucho a los vecinos
15 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Atravesar el Estrecho y salir indemne es una hazaña, en Gibraltar y en A Coruña. Si la franja de mar que separa África de España se ha convertido en un cementerio, los vecinos del Castrillón temen que su estrecho particular acabe cobrándose también alguna víctima. Los problemas no faltan. La ironía popular ha bautizado a un angosto tramo de la calle José María Hernansáez como el Estrecho de Gibraltar. Tres metros de un lado a otro para una vía de doble sentido en la que coches y peatones confluyen como en un embudo. Para Arturo Cabadod, presidente de la Asociación de vecinos de Oza-Urbanización Soto, el Estrecho de Gibraltar es la gota que colma el vaso de los problemas urbanísticos en su barrio. «Con doce calles cortadas, es uno de los peores lugares de toda la ciudad para circular». La calle José María Hernansáez es una vía normal, pero la supervivencia de dos casas antiguas y habitadas en medio del trazado actual asfixia la calzada en uno de sus tramos. Tanto, que sólo queda el espacio justo para que los automóviles atraviesen uno por uno el Estrecho. Los que circulan en sentido contrario, a hacer cola y esperar su turno, como en la charcutería. Si a esto se le añade que el Estrecho está situado en un cruce, muy cerca de un colegio y de un instituto, y que no hay acera en uno de sus lados, el retrato se completa. Y no es precisamente bonito. «Insistimos a los alumnos que vayan por la acera, pero siempre acaban ocupando la carretera», dice Juan del Valle, director del Instituto Monte das Moas. Las caravanas que se forman son monumentales. Niños, padres y coches, todos juntos, intentan abrirse paso a la misma hora. Soluciones para todos Arturo Cabadod opina que la solución está en derribar las casas que impiden anchear la carretera. Para Juan del Valle sería suficiente con que se normalizasen los accesos al barrio. «Si se terminase de hacer la ronda de Outeiro, tendríamos una salida alternativa que evitaría el paso por el Estrecho», apunta este vecino de la zona. Laia camina hacia el cole. Tiene diez años y un buen motivo para reclamar: «Que arreglen la calle de una vez, para que mamá deje de repetirme todos los días que tenga cuidado». Queda dicho.