Reportaje | A Coruña en la literatura El escritor suizo Blaise Cendrars recuerda en «Trotamundear» su estancia «en una ciudad donde no había medio de comer un buen plato»
22 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.«No apetece nada desembarcar, ni siquiera para amueblar una escala matando el tiempo de cualquier modo, delante de una botella o con una mujer». No le gustó A Coruña al escritor Blaise Cendrars (Chaux-de-Fonds, Suiza, 1887-París, 1961). Calles sucias, lluvia y cafetines pobres, lo único positivo que pudo encontrar en la ciudad fue el hecho de que, entre 1891 y 1895, en ella vivió su admirado Pablo Picasso. El sello Alianza Editorial acaba de sacar a la luz el volumen Trotamundear , un libro de viajes en el que se recopilan las andanzas de Cendrars por once ciudades de todo el planeta. Entre las elegidas, junto a lugares como Venecia o París, figura A Coruña ( La Coruña a lo largo de todo el libro), a la que el suizo dedica el tercer capítulo, titulado El demonio de la pintura . En estas páginas confiesa el literato que tardó en decidirse a abandonar el buque para pisar la urbe gallega: «La tercera o cuarta vez que hice escala en La Coruña me dejé tentar para dar un paseo por tierra». Comienza así un periplo por la ciudad portuaria en la que Cendrars insiste una y otra vez en criticar el desolador paisaje urbano de la época. «Llovía como llueve en Galicia -relata el autor-, y yo temblaba en mi impermeable. Erré, pues, cada día por calles sucias, en una ciudad donde no había medio de comer un buen plato». Las iglesias, apunta, son glaciales, la biblioteca está cerrada porque no es día laborable y la cartelera del cine resulta desalentadora. En los escaparates empañados de A Coruña no hay más que «prendería y baratillo», salvo en las farmacias, abastecidas con productos «made in Germany». Pilluelos Durante su recorrido por A Coruña, Blaise Cendrars aparece «escoltado por todas partes por una banda de pilluelos famélicos y tiñosos» que el literato llevaba «de cafetín pobre en cafetín pobre y en taberna todavía más pobre, ahumada». «Y así -sentencia Cendrars- es como perdí todo un día de mi vida en La Coruña, este Escorial a contrapelo, donde Picasso, ese Felipe II de la pintura moderna, recibió de su padre, que abdicaba, la corona y un imperio donde no se pone el sol». Se lamenta el autor de no haber sabido entonces que en A Coruña había traspasado sus bártulos de pintor José Ruiz Blasco a su hijo Pablo: «La escena se sitúa en 1894. ¡Oh! ¡Si yo lo hubiera sabido! Habría buscado rastros del acontecimiento y me habría acercado a la calle Payo Gómez número 14, al segundo piso, donde se compraban palomos de raza y que fue, en tiempos, el domicilio de la familia Picasso en La Coruña». Tras entonar el mea culpa, el escritor suizo echa mano de un libro de Jaime Sabartés sobre el pintor malagueño para recalcar su relación con A Coruña. El propio artista recuerda en el texto cómo él completaba los dibujos de su padre hasta la definitiva abdicación de José Ruiz: «Entonces me dio sus colores y sus pinceles y nunca más volvió a pintar».