HERCULÍNEAS | O |
21 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.LA GLOBALIZACIÓN no sólo sirve para que los chavales vistan como replicantes sus calzones caídos y sus pelos tiesos, o para que las niñas asomen el tanga por encima del vaquero a imagen y semejanza de esas cantantes de treinta largos años que fingen la adolescencia (e incluso la virginidad) como una profesión perpetua. No. Lo de la aldea global no es sólo un invento para vender monedas de carne insípida a la sombra de una inquietante eme amarilla. Lo de hinchar el globo de Occidente hasta el último escondrijo del planeta también funciona para que un zurdo de Carreira dibuje con un balón geometrías imposibles en el cielo de la Champions, y para que una novela de uno que se crió en Elviña llegue en alemán a la mesilla de una funcionaria de Berlín. La mundialización, ese truco de cuatro banqueros con la próstata averiada, también vale para que en esta esquina de la Tierra, al final de todas las autovías, donde mueren todos los caminos de hierro de Europa, en este Finisterre o culo del mundo en el que habitamos, unos tipos vestidos de frac se sienten ante otros mil individuos para interpretar las partituras que en el siglo XVIII arrancó de la nada un tal Wolfgang Amadeus. A Coruña, como cada primavera, vuelve a sonar a Mozart. luis.pousa@lavoz.es