HERCULÍNEAS | O |
27 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.EL PRIMER AÑO que le vi andaba demasiado ilusionado. Acababa de pisar el suelo español y en su cara se veía aún el extraño halo del engaño que trae cada inmigrante. Allí, en las tierras de donde provenía, le habían inculcado la idea de que Europa es un oasis. El lugar perfecto para dar y recibir. Dar sus brazos. Recibir dinero a borbotones. «¡Prosperidad, prosperidad, amigos!», gritaba aquel inmigrante que había ido de vacaciones a África mientras pagaba de su bolsillo, y para todos, rondas cerveceras. Tomó sus palabras como el Evangelio . Se armó de valor. Cruzó el desierto. Se enfrentó a las redes de traficantes de personas. Peleó contra el alma del Estrecho de Gibraltar, siempre guiado por aquella voz que gritaba: «¡Prosperidad, prosperidad, amigos!» La voz se disipó cuando pasó las primeras noches en la playa de Riazor mecido por los ronquidos de la mar. Le volví a ver después de cuatro años. Andaba sin rumbo. Sin fijación. Sin trabajo. Sin destino, envuelto en el lastimero halo de la ilegalidad. Estaba loco de ira. Una decepción grande como una nube barreaba su cara. Vomitaba increpaciones. No he vuelto a verle. Pensé en él porque ayer vi a otros que andaban excesivamente ilusionados como él.