HERCULÍNEAS | O |

13 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

DE PEQUEÑOS jugábamos a los hombres de Harrelson. Disparábamos con un dedo. Pum, pum, pum. Nos caíamos y nos levantábamos dos mil veces. Después nos bañábamos, de tres en tres. Vivíamos en Bourio, muy cerca de Figueras. Papá Cándido nos llevaba en su lancha a Ribadeo. Era muy grande y muy simpático y decía «me cago en la mar salada». Pescábamos con tanza. Millones de jurelos. Hacíamos collares con margaritas y cantábamos el Santa Bárbara bendita cuando relampagueaba. Los vecinos nos daban manzanas gigantes. Había un burro. Luego hicimos las maletas. En la calle, que se llamaba Nuevo Acceso a la Iglesia de Oza, hicimos un equipo de fútbol, el Séptimo Trueno. Los derbis, contra los Diablos Rojos, que vivían más arriba. Cuando éramos pocos hacíamos rebumbios, y la portería era el garaje de un señor que decía tacos. Pasamos muchas tardes en los columpios del barrio de las Flores. En las torres de los Marineros jugábamos a policías y ladrones. A veces bajábamos andando a los Cantones y tomabámos tutti-frutti en la Italiana. También nos moríamos porque llegaran los Reyes Magos. Echando la vista atrás, aún era muy pronto para saber que los auténticos regalos no se anuncian en la tele. laureano.lopez@lavoz.es