Artillero y republicano

Carlos Fernández A CORUÑA

A CORUÑA

Personajes coruñeses | Fernando Casado Veiga Figura olvidada por la historia y maltratada por la vida fue la de este general de Artillería, padre del gran actor Fernando Rey

08 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

Recordar su existencia equivale a recordar el drama de la guerra del 36. Había nacido en A Coruña el 23 de mayo de 1890. Con sólo 15 años ingresó en la Academia de Artillería. Ya como capitán, participó con el Tercero de Montaña en la campaña de Marruecos, teniendo una brillante actuación y citándolo Francisco Franco en su libro Diario de una bandera . En octubre de 1926 fue ascendido a comandante. Su dominio de las matemáticas y otras ciencias hizo que fuese designado profesor de la Academia de Artillería de Segovia, en donde estaría largos años. A comienzos de 1936, Casado figuraba destinado en la Escuela de Tiro de Campaña de Artillería. Y en mayo de dicho año, tras el acceso de Azaña a la presidencia de la República, aquel le nombró su ayudante de campo. En sus Memorias políticas y de guerra , el político republicano, que no se caracterizaba precisamente por el cultivo del elogio, le dedica  frases cariñosas. Producido el 18 de julio el alzamiento contra la República, Casado reiteró su lealtad al régimen. Se fue al Guadarrama y, en palabras de Azaña, «organizó la defensa artillera con gran acierto», añadiendo: «Nombrado comandante general de Artillería de Madrid, ha dirigido durante muchos meses y dirige aún todo ese servicio con la competencia y el buen éxito que todos reconocen y admiran». Con un puñado de artilleros leales a la República, como Zamarro, Cerón, Ripoll, organizó la defensa artillera de la capital. Fue nombrado jefe de Artillería del Ejército del Centro y ascendió a teniente coronel. Intervino, también, en primera línea en Brunete, en Guadalajara, en Valencia. En la capital levantina se encontraba el ya general Casado cuando el 1 de abril se firmó el parte final de la guerra. Tuvo la oportunidad de salir en un buque inglés, pero se negó. «Yo no me marcho», dijo a uno de sus compañeros, pensando en compartir el peso de la derrota con el pueblo al que había defendido. Hecho prisionero, el general fue obligado a marchar andando 10 kilómetros hasta un campo de concentración. En consejo de guerra, el artillero fue condenado a muerte, aunque le sería conmutada por cadena perpetua. Menos mal que la magnanimidad del Caudillo, forzada por el descalabro de sus aliados nazi-fascistas en la Guerra Mundial, permitió que Fernando Casado y otros condenados fuesen puestos en libertad, una libertad condicional y vigilada que le impidió la vuelta al Ejército. Se ganó la vida como pudo. Dio clases particulares de Matemáticas y fue representante de comercio. Para mayor inri, se ponía como ejemplo a Fernando Rey de cómo se trataba en España a los hijos de los «rojos». Fernando Casado acabó perdiéndolo todo, salud incluida. Le quedó lo que no se le podía quitar: el orgullo de haber sido artillero y de haber defendido a la República.