HERCULÍNEAS | O |
21 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.ESTOS días, en A Coruña, se debatió sobre los sin techo. ¿Y sobre los que se preocupan de gente así? ¿Quién le ha dado el Premio Nobel de la Paz a mi cuñada, por ejemplo? ¿El gobierno noruego? Frío... ¿Sus amigas, las monjas? Templado... ¿La familia? Caliente... ¿Yo? Sí, qué pasa. A Bibi le doy el Nobel porque no conozco a nadie que lo merezca más. Es mi Teresa de Calcuta. Ella dice que su sitio está allí, con los pobres de Guatemala. Cuando cae el sol sobre la uralita de las chabolas que visita, donde los niños se secan mocos y lágrimas con la manga de sus brazos, pies descalzos en los charcos, y las madres enseñan la boca desdentada por la droga, ella está allí en medio, y les hace la comida, y se refleja en su ropa blanca y en su crucifijo de madera su sonrisa de ratón Mickey. Se ha pasado mil noches en vela, cuidando a muchachos con sida. Los ha lavado, les ha hecho la cama, les ha dado charlita. Luego camina por calles encaladas, arrastrando por el barro el esparto de unas alpargatas, en silencio. No hace ruido. Sólo golpea su puño en la conciencia de los poderosos. Por eso le doy el Nobel. Aunque estoy seguro de que no podrá recogerlo. Ahora, todo sus minutos son para tres criaturas, hijos de una prostituta que los abandonó. A veces Dios se toma su tiempo y nacen criaturas como tú. alberto.mahia@lavoz.es