HERCULÍNEAS | O |
03 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.A MARUJA, una de las históricas del Papagayo, se la puede ver deambulando con sus bártulos por la calle Panaderas. Vive en el umbral del convento de las Capuchinas, una frontera como otra cualquiera, sólo que en este caso marca el límite entre la teología y lo que un día fue el barrio chino. A la sombra de un limonero urbano, Maruja lava cada día sus bragas y sostenes en la fuente del atrio de la iglesia. Los policías, antiguos clientes de Maruja, hacen la vista gorda y sólo le piden a la obesa prostituta que sea discreta al colgar su lencería del limonero, ya que a los parroquianos que acuden al rosario de las siete no les gusta entrar al templo bajo el palio de sus descomunales bragas. Al contrario que otras de sus compañeras de faena, que ya han desaparecido para siempre de aquel legendario Papagayo, Maruja aún trata de asomarse a una cuesta en la que a los escritores les daba por arrojar pianos por la ventana. Pero en lugar de burdeles, lo que se abre a sus pies es un socavón demasiado parecido a la nada. Este agujero de ocho plantas es todo lo que queda del barrio donde pecaba A Coruña. Será un párking para pisos de lujo. Maruja, tocada de morriña, le suelta a un obrero novato: -Oiga, joven, ¿no sabe que yo salgo en un libro de un premio Nobel?