Entre el macabro asesinato de un niño de 12 años en mayo de 1992 a manos de una vecina y la muerte de Pallares pasaron once años y veinte homicidios
08 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Quienes hayan dado muerte a Manuel Pallares, que apareció la semana pasada tendido en el suelo de su casa atravesado por una catana y con 16 puñaladas repartidas por el cuerpo, cumplieron su macabro propósito y cumplieron los plazos que marca la estadística criminal en la ciudad, que dice que en A Coruña se comete un asesinato cada doscientos días. Antes de la muerte de Manuel Pallares ocurrió la de una joven que fue estrangulada en un empresa de instalación de gas en la calle Honduras el pasado 10 de febrero. Un compañero es el principal sospechoso. Pero, con anterioridad a estos homicidios, hubo otras cuchilladas, disparos o venganzas. Desde el crimen de la maleta al de la catana pasaron once años y veinte asesinatos. Estos son algunos de los que más dieron que hablar. La maleta El pequeño Pablo Rodríguez, de 12 años, encontró la muerte en casa de una vecina y amiga de la familia el 20 de mayo de 1992. Nada más salir del colegio fue invitado por Pilar Mazaira a que le ayudara a subir a casa unas bolsas del supermercado. La asesina relató a La Voz desde la cárcel lo que ocurrió: «Le dije que estaba muy guapo, como para ir a una fiesta, que ya era un hombrecito. Entonces, tenía un calcetín a mano y le dije que se lo iba a poner como una corbata. Cuando le estaba haciendo el nudo, el sol se reflejó en las gafas de Pablito y se reflejó en mí. Noté como una espiral, perdí el control y apreté la media con todas mis fuerzas». Cometido el crimen, Pilar se dedicó a eliminar pistas. Primero ató el cuerpo de Pablo y lo introdujo en una bolsa de plástico. Llamó a un taxi y pidió al conductor que le ayudase a meter el bulto en el maletero. Fue a la estación y allí el favor de transportar el bulto hasta la consigna se lo pidió a un empleado de Renfe. Luego fue a comprar una maleta a unos grandes almacenes, regresó a la estación, introdujo la bolsa en la maleta y se dirigió a una agencia de transporte urgente, donde facturó el cuerpo de Pablo a Madrid. A las pocas horas, la policía la detenía, justo después de que Pilar Mazaira llamara a la madre del pequeño a casa haciéndose pasar por una mujer extranjera perteneciente a una banda internacional y diciéndole que si quería recuperar a su hijo debería entregarle 30 millones de pesetas. Pilar Mazaira fue condenada a veinte años de cárcel, saliendo en libertad a los seis años. La panadera Otro asesinato que dejó helados a los coruñeses fue el llamado crimen de la panadera, ocurrido el 5 de octubre de 1991. Dolores Fernández regentaba una panadería en el mercado de Monte Alto. Aquella tarde, a eso de las tres, su asesina la esperó en el portal de su casa, se metió con ella en el ascensor y allí mismo le disparó a la cabeza. Y desapareció. Cuando el juez no había levantado el cadáver, Cochita Gil, la asesina, ya estaba camino a Albacete. Las primeras pesquisas apuntaban a un robo, pues a la panadera le faltaba la cartera. Pero la policía desenredó la madeja al enterarse de que el marido de la víctima tenía una amante y ésta no pensaba en otra cosa que en romper el matrimonio. Y lo rompió a las bravas. Conchita Gil fue condenada a 30 años de prisión. Aquellos eran años violentos. Entre 1987 y 1991 se produjeron catorce asesinatos en A Coruña. A Gaiteira Tres meses después de que un ciudadano de nacionalidad peruana apareciese muerto en su domicilio de la calle Francisco Añón, un hombre de 34 años acuchillaba a su novia en General Sanjurjo. Ocurrió la noche del 8 de julio de 1992. César Reboredo se presentó en el domicilio de su pareja y en un ataque de celos le propinó un navajazo a ella e hirió a un hombre que estaba en el piso. El caballo alado Quedó sin castigo la muerte de una chica de alterne que el 4 de mayo de 1995 apareció flotando en las aguas del embalse de Sabón. La muchacha, de 30 años, fue encontrada desnuda, con cortes en el vientre y un fuerte golpe en la cabeza. La pista más sólida que manejaba la Guardia Civil era un tatuaje con forma de caballo alado que solían llevar entonces las chicas de origen sudamericano que se dedican a la prostitución. Los agentes echaron el guante a un hombre que mantenía relaciones con la joven y que no había denunciado su desaparición. Después de pasar un mes en prisión, no había pruebas incriminatorias suficientes, así que fue liberado. Nadie ha pagado por el crimen. La mujer del policía Ríos de tinta coparon las páginas de los periódicos en enero de 1997, después de que una mujer muriera de un disparo a manos de su esposo, policía de profesión. Este hombre, que tras el asesinato intentó quitarse la vida con un tiro en el cuello, nunca reconoció los hechos. Se limitó a decir que llegó a casa a las seis de la madrugada, después de «tomar 25 cubatas», y que despertó varios días después en el Canalejo. Cuando fue preguntado en el juicio sobre la figura de su esposa, se limitó a decir que «era una santa». Pero sus hijos sí se acordaban de lo que pasó aquella noche, pues estaban en casa. También describieron los episodios de malos tratos que padecía su madre. Cruceiro do Sul Dolores López apareció el 29 de agosto de 1997 en el bar Cruceiro do Sul, en la ronda de Outeiro de A Coruña, con el cuerpo cosido a puñaladas. Hasta veinte veces hundió su asesino un cuchillo en el torso de esta mujer de 45 años. El hecho de que la puerta del establecimiento estuviese abierta llevó a pensar a la policía que se trataba de un conocido de la víctima. La posibilidad de que fuese un crimen pasional tampoco fue desechada. Las pesquisas llevaron a la detención de una mujer, que finalmente fue liberada por el juez al no existir pruebas suficientes.