HERCULÍNEAS | O |
23 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.ECHARSE al asfalto se convierte cada estío en el via crucis laico de los urbanitas. Hubo un poeta yanqui, un tal Kerouac, que disfrazó de novela el martirio de viajar a 45 grados sobre la gravilla. Lo tituló En la carretera y más de un incauto escritor novel cree aún que eso es la gloria literaria. En Alfonso Molina andamos sobrados de literatura, porque el poeta se puede dedicar a describir cada bache y cada cicatriz del terreno, en plan realismo sucio o narración gabacha. En Alfonso Molina huele a chapapote, aunque se esté muy lejos del mar y de la tinta negra que escupe el Prestige . Lo que fluye aquí es el asfalto, que se derrite para barnizar los neumáticos de oferta recosidos ya por los infinitos atascos y parones. En la carretera , escrito en versión Alfonso Molina, vendría a contar en trescientas páginas las tres o cuatro horas que viene durando el viaje del obstinado coruñés que insiste en derrochar sus horas en peregrinar hasta la arena de más allá de A Pasaxe. El Kerouac de Os Castros dormita en la eterna retención de Lavedra -hay todo un debate filológico entre los conceptos metafísicos de atasco y retención-, a la espera de devorar en media hora el bocata de todos los veranos en Bastiagueiro. Algo masoquista y literario, el coruñés habita en la carretera.