La bulliciosa María Pita se convirtió ayer en un aparcamiento de silencio sepulcral. Al pie de la guerrera María Pita se asentó un ejército de escoltas y chóferes oficiales. Ni un atisbo de disidencia a ras de suelo. Sólo los balcones, teñidos de negro chapapote, recordaban la tragedia del hundimiento del Prestige . Las costosas terrazas permanecían cerradas a cal y canto.Una de ellas estaba adornada con un gran lazo negro. Otra tenía una bandera de Nunca Máis.Pero entre el silencio crecía la indignación de los hosteleros. «Es una vergüenza», se podía oír entre el ir y venir de cafés en el Verdura. «Nadie nos avisó de que iban a cerrar la plaza», protestaba el dueño ante la escasa clientela -algún periodista y los miembros de las fuerzas de seguridad- con la que tuvo que conformarse durante toda la mañana.El mismo sentimiento de frustración expresaba una vecina poco antes de las diez de la mañana. Acostumbrada a cruzar la plaza de María Pita cada mañana para ir a trabajar, ayer tuvo que dar un rodeo por toda la Ciudad Vieja. «Me van a echar del trabajo por tu culpa», protestaba la afectada ante la impasible mirada del agente antidisturbios que le bloqueaba el paso en la calle Capitán Troncoso. En ese mismo punto se producía un curioso filtro. Los papeles con sello oficial eran el mejor pasaporte para acceder a la plaza. «¿Qué desea usted?», preguntaba con amabilidad otro policía. La rigurosidad del filtro permitió a los funcionarios del registro seguir de cerca la evolución de la cumbre ministerial bajo el radiante sol invernal que iluminaba la centenaria plaza coruñesa en la jornada de ayer.Este grupo de trabajadores municipales sí ocuparon sus puestos habituales de trabajo. Distinta suerte corrieron el resto de los componentes del cuerpo administrativo local y hasta los propios concejales. Algunos, como Mar Barcón y María José Cebreiro, apuraron su jornada laboral cumpliendo con actos oficiales previstos con antelación. La mayoría de sus compañeros en el consistorio ni siquiera intentaron acercarse a María Pita. Sus despachos fueron ocupados por los hombres de un Aznar que se despidió con un lacónico «buenas tardes, señores».