Los pequeños pusieron rumbo ayer a los campamentos de refugiados de Tinduf. Cargados con regalos, medicinas y libros se despidieron de sus familias de acogida
04 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Cuando llegó a A Coruña no hacía más que preguntar cuándo volvería a casa. Ayer, dos meses después de juegos, playa y piscina, Ment se resiste a poner rumbo al desierto. Por primera vez ha visto el mar. Por primera vez ha visto correr el agua de un grifo. «Es pronto», atina a decir este saharaui que apenas levanta dos palmos del suelo. Sus padres de acogida, Miguel y Sonia, no tienen hijos. Ment les tocó la fibra desde el primer día. «Es un chaval muy inteligente. El agua le fascina. Se lleva un álbum de fotos enorme y todas de la piscina. Daban las nueve de la noche y había que sacarlo». Como Ment, otros diciesiete niños del desierto, del programa Vacaciones en paz , hicieron las maletas ayer para subir a un autobús, coger un avión en Santiago, aterrizar en Argelia y viajar durante días en camiones hasta llegar a los campamentos de refugiados del Tinduf. Mal trago Dejan atrás el templado verano coruñés y regresan al sol abrasador y a un pueblo en guerra. «Es el segundo año que viene y la despedida sigue siendo un mal trago. Cada vez me da más pena», explica Teresa. Mahmut, su niño de piel oscura y enormes ojos negros que enloquece con la playa y la tortilla, corretea a su alrededor. En la mochila guarda canicas, un diábolo, una portería y un balón. Kori, 8 años como Mahmut, atesora también caramelos, ropa y medicinas. «Quiere irse y quedarse, debe ser muy extraño para él», apunta su mamá coruñesa. Fran y Sandra cuentan la historia de Jatri, su hermanito durante casi sesenta días. «Tiene ocho hermanos en el Sahara, pero su madre está en España buscando trabajo y su padre tiene que operarse. Ojalá vuelva el próximo año», comentan. Fatimetu no lo sabe. Es una veterana. Tiene 14 años y las vacaciones fuera de Smara, el campamento en el que vive, quizá no se repitan. «Quiero volver porque le coges cariño a la familia, pero es complicado», dice en un perfecto castellano. «Es que lo estudiamos allá», explica. Las maletas suben al bus. El corazón empieza a encogerse. «¿Llevas clínex?», pregunta una madre a un niño que aprieta con fuerza su álbum de fotos. «Te voy a echar de monos », bromea un padre con otro de los pequeños. Vuelan los últimos besos. El bus dobla la esquina. En la calle sólo se escucha el silencio. Como en el desierto.