Modesto Quiroga

La Voz

A CORUÑA

Elegante teniente coronel de Artillería que, ya en los años cincuenta, iba muchos días al cuartel montado en un caballo blanco. Parecía Martín Alonso entrando en el Oviedo liberado durante la Guerra Civil. Las jovencitas y, sobre todo, las señoras de las viviendas de Pardo Bazán, Arzobispo Lago, plaza de Pontevedra, Orzán y otras calles del itinerario del bizarro jinete, salían al balcón a saludarlo y, también, a enamorarse platónicamente de él. Algunas, incluso, le arrojaban las flores que cultivaban en las macetas. De pelo blanco rizado, ojos azules, mirada altiva y ademanes enérgicos, don Modesto era un conquistador a la vieja usanza, relatando con parsimonia sus andanzas femeninas. A mi padre, que convivió con él en el Regimiento durante varios años, y a otros compañeros no les hacía mucha gracia estos relatos juancanescos en pleno cuarto de banderas. Entre otras leyendas tejidas en torno a Quiroga, estaba la de que, en sus destinos marroquíes, le gustaba dar cariñosos fustazos en el trasero de las chicas con las que filtreaba. Ya jubilado, solía sentarse en los sillones de rejilla blanca del Casino para ver y piropear a las jóvenes y maduras que pasaban por la calle Real. Cuando la belleza de la mujer era explosiva, don Modesto, como artillero de pro, no podía contener su fuego interior y se levantaba gritando «Viva España». Cupletistas Otros compañeros de tertulia se levantaban y contestaban «Viva por siempre, y las mujeres hermosas también». La última vez que le ví fue a fines de los sesenta, en una sesión de cine que se celebró en la sala de Información y Turismo. Le acompañaba su buen amigo el delegado provincial Francisco Serrano, partidario de censurar a las cupletistas, bajándoles las faldas de cuarta en cuarta, todo lo contrario que don Modesto, que quería que las llevasen más cortas.