XURXO FERNÁNDEZ EN DIRECTO El euro deja a la peseta fuera del panorama monetario coruñés Mal momento para la «pela». En la pasarela de la fama monetaria ha triunfado un novato que no se comía nada en sus primeros días en el mundillo. Los coruñeses olvidaron la fobia al euro de principio de año y son las «rubias» las que hoy estresan cajeras en los súper. A la peseta le hace falta un buen tinte.
26 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.«Es cierto que estamos bastante nerviosas con lo del euro»: 4 de enero del 2002. «Tardas más en devolver el cambio cuando pagan con pesetas, pero ya casi nadie las usa»: 26 de febrero del mismo año -esto es, ayer-. Misma mujer, mismo sitio: una cajera de un Gadis coruñés. En menos de dos meses de convivencia, el nuevo ha echo salir a la rubia por la puerta de atrás. Del euroestrés, no queda ni rastro. Aunque hay cosas que no cambian. Y a las que la divisa de la unión -o más bien sus céntimos- se ha tenido que acostumbrar. Si nadie se preocupaba cuando la vuelta era de una peseta y la pela engrosaba así las ganancias de los negocios, con las monedas de uno y dos céntimos de euro empieza a pasar lo mismo. La caja del súper vuelve a servir de termómetro: «La gente ya no anda esperando por el cambio si es de uno o dos céntimos». Los nostálgicos van quedando sitiados. Cuando pasado mañana la moneda única deje de ser dos, son pocos los que lo van a sentir. La mayoría de los que aún son fieles a la rubia la usan en forma de billete. Aunque alguno queda que, como se hizo en los primeros días del año, aún utiliza las tiendas a modo de banco: «Todavía te pagan con chatarra para que se la cambies», señala José Rubio, el dueño de una frutería. Nada que el tiempo no cure Decían los entendidos en eso de los cobros y los pagos que serían los mayores los que peor se llevarían con el euro. Agua. La gente de más edad se ha hecho a la nueva moneda como si nunca hubiera existido otra. Además, la previsión -y la experiencia- les llevó a aceptar el cambio cuanto antes. María Antonia Cuesta no es ninguna jovencita, pero a ella nadie le va a meter un gol con el jaleo de las divisas, hace tiempo que sólo usa una: «¡Ay hijo!, ya ni me acuerdo de la última vez que usé pesetas. Es que como tenía casi todo el dinero en el banco, se me acabaron muy prontito». Y los más pequeños, pues también espabilaos en cuestiones financieras. A Miguel nadie tiene que explicarle dos veces que una bolsa de pipas «cuesta quince céntimos». Entre una y el otro, una pareja: Ángel y Julia, un matrimonio que se pone de acuerdo en que «con el euro estamos gastando mucho más, se te va el dinero sin darte cuenta». Por ahora, la que se va es la pela. Y también con sigilo. La rubia ya no llama la atención.