ÁTROPOS

La Voz

A CORUÑA

JOSÉ LUIS GARCÍA LÓPEZ PLAZA PÚBLICA

17 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Con ocasión del homenaje a Don Laureano Figuerola, padrino en el nacimiento de la peseta, acompañé a los descendientes más directos y al alcalde y regidores de Calaf -el pueblo que le vio nacer- a hacer una visita al Banco de España. Entre las muchas maravillas de su patrimonio se encuentra una colección de vidrieras de techo magnífica: nos explicaban al contemplar una que aquellas tres viejas «de la izquierda» de aquella (según la posición del espectador) eran las tres famosas parcas. Cloto, que se dedicaba a hilar, Láquesis, que devanaba, y Átropos, que cortaba el hilo: ni que decir tiene que hablamos del hilo de la vida del hombre. Pues bien, el jueves pasado Átropos cortó el hilo del que pendía Don Alberto Ullastres. Es curioso que en una escasa diferencia de días haya seguido a Mariano Navarro Rubio, su pareja en la partida de conseguir de Franco autorizase el camino de la apertura de la economía española; le convencieron y, como medida básica de arranque, lograron se aprobase el Plan de Estabilización del 59. España le debe una reparación histórica a Ullastres, que dejó la cartera ministerial para ser el primer embajador ante el Mercado Común y artífice de aquel Tratado Preferencial por el que tanto suspirábamos en España, ya que un Gobierno cometió la ignominia de los mal nacidos, ninguneándole en el momento de la firma del Tratado actual. Y ni se quejó ni nada dijo: en su talante fue como un Figuerola del siglo veinte del que también se podría decir aquello de «conservó puro el corazón y limpias las manos». ¡Gracias, Don Alberto! También Átropos cortó el hilo de la vida de Miguel Salís Balzola, el mismo día. Algún gallego desgraciadamente ya desaparecidos como el orensano Bernardino Temes, gerente del Polo de Villagarcía y Vigo, o vivo como el entrañable José María Pujalte, que lo fue del de Coruña o, yo mismo, fuimos testigos de su férrea voluntad de trabajar para Galicia con la implantación del Área de Expansión Industrial aquí en vez de hacerlo en el triángulo Huelva-Sevilla-Cádiz, por el que apostaba la mayoría de la Administración de aquella época. Claro que Miguel también se sentía gallego, pues, no en vano, había veraneado toda su vida en Vivero, villa en la que dejó huella tanto de personalidad vital y afectuosa como de gran buceador y deportista. Adiós Miguel: gracias, también. Átropos es incansable en su labor y seguirá cortando hilos, que es su obligación. redac@lavoz.com