PACHO RODRÍGUEZ METRÓPOLIS
24 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Ya se puede decir lo que, de hecho, se decía. Lo anunció la Real Academia Española (de la lengua). Ya es guay lo que era bueno. Dice Blas de Otero en un poema que una chica olía a tequieromucho. Los poetas imaginan versos que son la huella perdurable, la de Marina Mayoral. Hay veces que leer es mejor que hablar y escuchar más útil que decir. Un silencio vale más que mil sonidos. En Irixoa hay un bar en el que se reúnen los académicos de la vida del pueblo. La tertulia se transmite de padres a hijos. Hablan la misma lengua y usan palabras exclusivas de propiedad pública. Cuando la testaruda naturaleza se ensañó otra vez con Centroamérica, una mujer que era pobre antes de haberlo perdido todo explicaba en una radio la última tragedia con una riqueza idiomática admirable. Allí, en El Salvador, hablaban la misma lengua que en Irixoa. Se hubieran entendido para ayudarse. Y, si hablaran otro idioma, habrían normativizado el lenguaje de la solidaridad. Con las huellas de la vida como recuerdos. Pero si se trata de inventar que olía a notequieronada es mucho mejor no haber olido. frodriguez.coruna@lavoz.com