SUSANA BASTERRECHEA CRÓNICA La Universidad Sénior celebró ayer el sorteo de plazas entre sus alumnos
03 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.«Más que nerviosa, estoy intrigada», aseguraba ayer Laura, un ama de casa ansiosa por saber si entraría en la Universidad para mayores. «Estudiaré lo que me echen, tengo mucho tiempo libre», añadía. Ya tiene un hijo en la universidad. «Es profesor de Biología, ¿te imaginas que me diese clase?». En el Paraninfo no hicieron falta tilas, pero medio centenar de damas y caballeros tragaban saliva en el sorteo de plazas de la Universidad Sénior. Lo pasaron casi peor que los chavales que aguardan la nota de la Selectividad. Sin aspavientos y tras una aparente tranquilidad deshojaban la margarita. Un pétalo, entraré. Otro pétalo, me quedo en la lista de espera. «No suelo tener suerte, así que no me hago muchas ilusiones», comentaba Guillermo. Fue marino mercante y ahora, jubilado. Tiene el gusanillo de estudiar Arte. No pudo realizar ese sueño cuando era joven y quiere quitarse «la espinita» haciéndolo realidad a los sesenta. Su familia ni siquiera sabía que ayer estaba sentado en el Paraninfo. «Por si no me toca, que luego encima se cachondean», decía. Un señor aguardaba en la puerta. «Mi mujer es la que se ha apuntado. A mí ya me sortearon en las quintas, y me tocó África», comentaba. Como si del sorteo de la mili se tratase, los responsables de la Universidad Sénior introdujeron en la urna, una por una, las letras del abecedario. Menos la «ch» y la «ll». La Real Academia así lo dice. Para A Coruña, una mano inocente sacó la eñe. Ningún apellido que empezase por la letra más española dio paso a la «p». Y se resolvió el misterio. Entraron 75 alumnos. Una de ellos, Esther. En mayo se jubiló de llevar las cuentas en una empresa de joyería. «Lo mío son los números, pero me encanta la historia. Hay que seguir ejercitando la mente», afirmaba feliz por la plaza que le había caído en gracia.