El alcohol altera profundamente la forma en que el cerebro se comunica

redacción LA VOZ

CIENCIA

Enric Sitjà | EFE

Un estudio revela que con tres o cuatro cervezas se fragmenta la delicada arquitectura de comunicación cerebral

24 feb 2026 . Actualizado a las 16:44 h.

Bastan unas cuantas copas, entre tres y cuatro cañas, para que el alcohol comience a desmantelar la delicada arquitectura de comunicación del cerebro. Un reciente estudio internacional liderado por la Universidad de Minnesota (EE.UU.), basado en el análisis de 107 participantes sanos mediante resonancia magnética funcional (fMRI) y modelos matemáticos de teoría de grafos, ha revelado que la intoxicación no solo ralentiza el sistema, sino que lo fragmenta, convirtiéndolo en un órgano mucho más rígido e ineficiente. La investigación ha sido publicada en Drug and Alcohol Dependence. El cerebro humano funciona normalmente como una metrópolis hiperconectada donde la información fluye libremente entre barrios distantes. Sin embargo, al alcanzar un nivel de alcohol en sangre de 0,08 g/dL (el límite legal para conducir en muchos países, aunque en España está limitado a 0,05), esta red global se rompe.

Los investigadores observaron que el alcohol empuja al cerebro hacia una configuración denominada «similar a una cuadrícula». Esto significa que la comunicación aumenta de forma anómala dentro de pequeños clústeres locales, pero se deteriora gravemente la capacidad de integrar información a nivel global. Es, según los autores, como si el tráfico circulara intensamente dentro de un barrio particular pero fuera incapaz de salir de él para cruzar la ciudad.

Por qué unos se sienten más borrachos que otros

Uno de los puntos más reveladores del estudio es que estos cambios en la red cerebral explican por qué dos personas con el mismo nivel de alcohol en el aliento pueden experimentar niveles de embriaguez radicalmente distintos.

El equipo descubrió que la intoxicación subjetiva (la sensación real de estar borracho) está directamente relacionada con el grado de desconexión de las regiones cerebrales. Cuanto mayor es el aumento de la eficiencia local (aislamiento en barrios) y menor la eficiencia global (comunicación total), más intensa es la sensación de borrachera reportada por el individuo.

La fragmentación de la red cerebral permite entender por qué aparecen los efectos más conocidos del alcohol:

Visión: Una de las áreas más afectadas por la pérdida de conectividad global es el lóbulo occipital. Al quedar aislada esta zona, la información visual que captan los ojos deja de estar disponible para el resto del cerebro, lo que contribuye a la visión borrosa.

Control motor: La desconexión entre las áreas frontales (decisión) y parietales (integración sensorial) ayuda a explicar la dificultad para caminar en línea recta o la pérdida de reflejos.

Emociones: El aislamiento de las redes en reposo afecta también a los circuitos de recompensa, aversión y control inhibitorio, alterando cómo procesamos los estímulos externos.

Curiosamente, el estudio sugiere que el impacto del alcohol no es igual para todos. Mientras que en bebedores sociales sanos el alcohol crea esta estructura rígida de «cuadrícula», estudios previos indican que en personas con un historial de consumo crónico el efecto podría ser el opuesto: una red mucho más aleatoria, desorganizada y con menor agrupamiento local, lo que refleja un deterioro estructural más profundo.

Los investigadores subrayan que este mapa de la «arquitectura de la ebriedad» es solo el principio. Futuros trabajos deberán analizar cómo estas redes se comportan durante períodos más largos y en poblaciones de mayor edad, especialmente ante el aumento del consumo de alcohol en adultos mayores. Por ahora, la ciencia confirma que la borrachera es, físicamente, el sonido de un cerebro que ha dejado de hablar consigo mismo.