La tradición ha reservado el calificativo de adivinos para quienes no lo son, como astrólogos y curanderos, mientras que los que de verdad predicen el futuro son los científicos
08 mar 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Las preocupaciones de hoy son similares a las que tenían nuestros antecesores hace miles de años. Deseamos disfrutar de buena salud, disponer de alimentos, protegernos de agresiones (tormentas, terremotos, etcétera), construir herramientas que faciliten la vida y el trabajo; y tenemos curiosidad por saber cómo funciona todo lo que nos rodea. Fue en el largo camino de buscar solución a estos objetivos como nació la investigación científica, y ninguna otra forma de conocimiento alcanzó su éxito. Gracias a ella, la medicina, la ingeniería o la meteorología establecen predicciones que aconsejan acciones y marcan límites que salvan millones de vidas humanas.
EL USO DE LA RAZÓN
Los humanos más antiguos no utilizaban el método científico, pero inventaron las herramientas, aprendieron a dominar el fuego, a moldear metales y a cultivar la tierra. La lucha por la supervivencia, como a otros animales, les hizo aprender por ensayo y error. Así descubrieron que unas frutas eran comestibles y otras venenosas, que la leña seca ardía mientras que la húmeda apagaba el fuego o que si golpeaban piedras graníticas no obtenían bordes afilados mientras que si lo hacían sobre otras rocas, sí. Estaban aprendiendo a descubrir las consecuencias de sus acciones.
Y a través de miles de años de observación comenzaron a predecir algunos procesos naturales. Las nubes grandes y oscuras traían lluvia, el crecimiento de la barriga en las mujeres precedía el nacimiento de un nuevo humano, la aparición de golondrinas anunciaba la llegada del buen tiempo. Al establecimiento de estas primeras relaciones de causalidad (que una cosa va seguida de otra) siguió el de otras algo más complejas. Una de ellas fue que la observación de los astros podía servir para predecir importantes sucesos en nuestro planeta, como las estaciones y las mareas. Predecir la llegada de las estaciones a partir de la posición del sol y las estrellas, con la enorme cantidad de procesos biológicos y meteorológicos que significa, debió de resultar algo mágico y maravilloso. Facilitaba planificar con éxito muchas actividades, pues permitía prepararse para la llegada del frío y de la lluvia, del calor y la sequía, de la abundancia o escasez de caza (presencia de animales migratorios como bisontes); y para la recolección de miel, la germinación de semillas o la maduración de frutos.
Pero al mismo tiempo que la racionalidad les permitió descubrir relaciones acertadas, también los llevó a errar en otras. Calmar a los demonios no impide las erupciones volcánicas, la putrefacción no causa el nacimiento de ratas, las estrellas no determinan el carácter de las personas, el ciclo lunar no establece el nacimiento... La ciencia nos ha enseñado a discriminar unas de otras.
ACTIVIDADES
- Realizad una investigación científica en el aula. Muchos centros ya han participado con ella en el Premio de Investigación Científica en la Escuela que todos los cursos convocan los Museos Científicos Coruñeses. La investigación ganadora en una de las convocatorias, sobre si influye el color de la comida de los caracoles en el color de sus cacas, proporciona un tema fácil de abordar con alumnos de educación primaria.
- Otra buena forma de celebrar la Semana de la Prensa en la Escuela, que hoy atraviesa su ecuador, podría ser elaborar una lista de cuáles son, a vuestro juicio, los diez principales inventos de la humanidad. Si lo logramos hacer en otras clases de la escuela, ¿qué diferencias hay en vuestras listas? ¿Incorporaríais algún invento en el que no habíais pensado? ¿Cuál sustituirías de vuestra clasificación? ¿Por qué?
- ¿Habla el periódico de hoy de algún invento? Quizás no, a primera vista… o tal vez sí. Pero si lo miras bien, hay quienes son capaces de encontrar, al menos, uno distinto en cada página. ¿Será posible? Intentadlo.