La ciencia de la magia

> Bibiana G. Visos bibiana@casaciencias.org

CIENCIA

Para realizar trucos sorprendentes, además de su habilidad, los ilusionistas echan mano de la física, las matemáticas, la neurobiología, la química, la ingeniería...

09 ene 2013 . Actualizado a las 13:19 h.

El público hace su entrada pasadas las doce y media de la mañana preguntándose si el mago que están a punto de ver será hombre o mujer. Expectante y curioso, este auditorio, formado por casi una veintena de niños de 6 a 10 años, no es fácil de encandilar. El ilusionista lo sabe, y quizá por eso el primer juego de magia no lo hace él, pasa la bola al público. No una única bola, sino tres, colgadas cada una de un hilo sujeto a una barra. Es decir, tres péndulos de diferentes longitudes acompañados de un reto: cada uno debe mover solo el que escoja, con la única ayuda de su concentración y sujetando la barra con las manos por los extremos. ¡Tachán!, todos lo consiguen. Algunos podrían pensar que por el poder de la mente. Pero no, es por el poder de la física.

El secreto está en la longitud de la cuerda de la que cuelga cada bola. Esta medida es la que determina el tiempo que tarda un péndulo en dar una oscilación completa, así que en este caso hay tres péndulos con tres períodos de oscilación diferentes. La física sale a escena cuando, al mover ligeramente la barra, llega un instante en el que su balanceo entra en resonancia con la longitud de una de las cuerdas, haciendo que el movimiento de ese péndulo destaque por encima del de los demás. Al concentrarse en uno de los tres, el participante encuentra de forma inconsciente el pequeño movimiento necesario para que oscile el péndulo que quiere. Cuando lo logra, insiste en ese balanceo hasta que el péndulo en el que está pensando parece mecerse por arte de birlibirloque.

Péndulo doble

Los juegos de magia continúan en la pequeña sala circular que hace de escenario hasta que llega el momento de subirse a un columpio de dos asientos. Un clásico de cualquier parque al que este público está más que acostumbrado. ¿Qué podrá hacer el mago que no hayan intentado ellos alguna vez? «Colúmpiate», dice el ilusionista a uno de los dos espontáneos. «Más fuerte», insiste. Para asombro de todos los espectadores, cuanto más se esfuerza en su columpio menos se balancea y más mueve a su acompañante en el de al lado, que no da el más mínimo impulso.

¿Qué está pasando? Este péndulo doble, camuflado en dos columpios, tiene la propiedad de transferir energía de uno a otro como por arte de magia. Algo parecido sucede en un péndulo de Newton, como el de la imagen. En ese caso la energía se transfiere a través de las bolas del medio, y solo se mueven la primera y la última.

Luces y sombras

La hora y media de espectáculo llega a su fin, pero aún queda algo de tiempo para una sorpresa en las sombras. El mago juega con la silueta que sobre la pared proyecta una vela apagada y pronostica que será capaz de encenderla con solo la sombra de un mechero. Con algo más de habilidad que de ciencia, en esta ocasión la tecnología sopla a favor del ilusionista, que esconde un dispositivo que enciende la vela justo cuando la sombra del mechero se posa sobre la de la mecha. Aplausos.

En la ciencia, como en la magia, las cosas nunca son lo que parecen: así lo experimentaron una mañana lluviosa de diciembre un puñado de niños con un mago transformado en divulgador científico. ¿O fue al revés?