Ciencia, tecnología y sociedad


«NO HAY SINO un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía», escribe Albert Camus en El mito de Sísifo . Y sigue diciendo: «Si me pregunto por qué juzgo tal cuestión más urgente que tal otra, respondo que por las acciones a las que compromete. Nunca he visto a nadie morir por el argumento ontológico. Galileo, en posesión de una importante verdad científica, abjuró de ella con toda tranquilidad cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien. Aquella verdad no valía la hoguera. Es profundamente indiferente saber cuál de los dos, la Tierra o el sol, gira alrededor del otro. Para decirlo todo, es una futilidad. En cambio veo que mucha gente muere porque considera que la vida no merece la pena ser vivida. Veo a otros que se dejan matar, paradójicamente, por las ideas o ilusiones que les dan una razón de vivir (lo que llamamos una razón de vivir es al mismo tiempo una excelente razón de morir). Juzgo, pues, que el sentido de la vida es la más apremiante de las cuestiones». Y no se equivocaba.Ya hace tiempo que ciencia y tecnología se identificaron como influencias significativas con un importante poder de persuasión en la cultura actual. Si históricamente ni una ni otra pueden pensarse como libres de valores e intereses (políticos, económicos, ideológicos, personales), menos todavía en el mundo en que nos ha tocado vivir, en el que destaca su omnipresencia y dependemos cada vez en mayor grado de los avances científico-tecnológicos. Hechos, valores y deberes. La sociedad tiene la obligación y el derecho a formarse e interesarse por las razones que mueven a la ciencia, por las causas que llevan a priorizar unas líneas de investigación frente a otras y, sobre todo, por el significado y el alcance de sus repercusiones sociales. O la sociedad avanza en la democratización de la ciencia o, sencillamente, se convertirá sin apenas darnos cuenta en objeto manipulado por ella. Pero para poder pensar hay que ser alfabetos científicos y, cómo no, alfabetos éticos porque, de lo contrario, no entenderemos de qué va la historia. Además, conviene darnos cuenta de que no sólo de pan vive el hombre. El sentido de la vida (las razones para vivir y ser felices) no se encuentra a través de un microscopio ni de un telescopio.

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