¿Es el psicoanálisis una ciencia?

| JUAN JOSÉ R. CALAZA |

CIENCIA

21 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

ES DE SOBRA conocida la mala fama que afecta a los psicoanalistas en general, pero muy particularmente a los argentinos. Ésta no deja de ser una injusticia como otras muchas, pues habrá de todo, y lo que con frecuencia se toma por el caso general es excepcional e, incluso dentro de la excepción, que injustamente se hace extensiva al colectivo, se olvida despectivamente que hasta el mejor escribano puede echar un borrón. No obstante, tiene más justificación negarle al psicoanálisis el status de ciencia. Y aquí es donde surge el problema, toda vez que si sus fundamentos epistémicos no pueden adscribirse al campo de las ciencias naturales, entonces su pretendida racionalidad puede degenerar en simple actividad de gurús atentos al control de almas y conciencias. Cuando no de la cartera del desprotegido paciente. Karl Popper, en tanto filósofo de las ciencias, consideraba que el psicoanálisis no es una disciplina científica habida cuenta de que no es verificable. Entre otras razones porque, contrariamente a la psiquiatría, no publica estadísticas fiables: se conoce el número de suicidios pero no el de curaciones. Ahora bien, Freud insistió toda su vida respecto al carácter científico de su obra, y la mayoría de sus discípulos continuaron reclamando dicho status. Con frecuencia manifestó su decepción por no haber recibido el premio Nóbel de Fisiología ya que consideraba el psicoanálisis como una ciencia de la naturaleza y no entendía que no fuese reconocida como tal. La columna sobre la que reposa el edificio del psicoanálisis, pretendía Freud, es la «teoría del rechazo». Según él, dicha teoría permite incluso interpretar los «lapsus», pues todos los actos fallidos cuya causa no es conocida por el sujeto designan un «rechazo». Para ser sinceros, en la actualidad esta teoría no encuentra prácticamente defensores en el seno de la comunidad científica. Ni la sicología experimental, ni las neurociencias, ni las ciencias cognitivas avalan las pretensiones de Freud. Es duro decirlo, pero por muy devota veneración que podamos sentir por el psicoanálisis -y yo soy de los que aún lee a Freud con fruición, sobre todo por lo ameno- no puede situarse allende el largo brazo de la crítica ni del juicio de la historia. Porque desde siempre algunas de sus imposturas fueron denunciadas, pero sobre todo porque desde hace veinte años los datos aplastantes se acumulan denunciando lo que aparece cada vez más intensamente como una prodigiosa retórica de desinformación. En un libro demoledor, Jacques Bénesteau ( Mensonges freudiens ) muestra que el camelo ya viene del propio fundador, que inventó pacientes inexistentes, una etiología y falsos efectos terapéuticos. No se conoce ni un solo caso tratado por Freud que alcanzara la curación, aunque consiguió transformar los fracasos en victorias gracias a una hábil manipulación de discípulos y admiradores. En fin, tampoco hay que olvidar que si el psicoanálisis no puede curar en profundidad, alivia grandemente a muchos pacientes que confían ciegamente en su analista. En cierta ocasión, un amigo me dijo que estaba pasando un momento terrible porque, en su empresa, cada vez que tenía que hablar en público se hacía pis por el pantalón para abajo. De inmediato lo envié a consultar un psicoanalista que yo consideraba solvente. Al cabo de tres meses me interesé por su evolución. Me dijo que iba estupendamente. Le pregunté si ya no se hacía pis en público. Y aún estoy riéndome de su respuesta: «Sí, pero ya no me importa».