LA CIENCIA DEL VIAJE

La Voz

CIENCIA

CÉSAR ANTONIO MOLINA VIVIR SIN SER VISTO

17 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Lord Byron pasó media vida viajando. Así lo contó en Childe Harold. Desde Ténedos vio Troya y el monte Ida. Esta isla se encuentra a la entrada del estrecho de los Dardanelos que separa a los dos continentes. Leandro lo atravesó a nado para reunirse con su amada. Byron lo intentó dos veces. La primera fracasó, pero la siguiente lo consiguió. Partió de Abidos y llegó a Sestos. Luego le escribió una larga carta a su madre narrándole los peligros del viaje y asegurándole que prefería esta hazaña a cualquier obra suya. «Faut-il partir? Si tu peux rester, reste...». «¿Hay que quedarse? ¿Irse? Si puedes, quédate;/Parte si es necesario. Corre uno, otro se oculta./Para engañar al triste enemigo que vela,/¡El tiempo! Existen, ¡Ay!, corredores sin pausa», dice Baudelaire en Las flores del mal. ¡Saber amargo aquel que se obtiene del viaje! Y digo bien saber y no sabor que también podría ser. Saber que la huida es vana y todo fin de viaje acaba en el principio. En los Cuadernos de Malte, comenta Rilke que para escribir un solo verso deben haberse visto muchas ciudades, hombres y cosas, conocer los animales, sentir cómo vuelan los pájaros y saber los movimientos de las flores al amanecer. Es decir, viajar para ver y aprender. A Bernardo Soares la idea de viajar le provocaba náuseas: «Ya he visto todo lo que nunca había visto. Ya he visto todo lo que todavía no he visto». Para el autor del Libro del desasosiego, ningún viajero desembarca de sí mismo, ningún paisaje es sino el que somos, los viajes son los viajeros. Amiel, el autor de un diario íntimo y estático, anclado sólo en su introspección, llegó a escribir que un paisaje era un estado del alma. Soares lo recrimina: los paisajes son repeticiones de uno mismo. Viajaba quien era incapaz de sentir, viajaban quienes no existían, pues para viajar bastaba con existir, con pensar: «más vale pensar que vivir». Los descubrimientos, las sorpresas, las aventuras, los hallazgos del movimiento, no los cambiaba Pessoa por la monotonía de la vida cotidiana, por la cotidianeidad insultante de la vida. Ese spleen era la verdad en estado puro, era el vacío que otros lo cubrían con el engaño de la acción. Haciendo o deshaciendo maletas nos preparamos para ser felices y con tanta preparación «es inevitable que no lo seamos nunca», dice el aguafiestas de Pascal. Paseo por Sintra repleta de turistas. Bordeo la tapia del Palacio buscando el Hotel Netto. Lo encuentro en aquella esquina majestuosa desde donde se divisa el mar. Está cerrado, abandonado, desarbolado, tan en ruinas como el Castelo dos Mouros. Las ventanas se baten sin cristales, sin jambas, las tejas enrojecen el suelo y los muros se destripan. Salto a un pequeño jardín. Entro. Los pasillos están expeditos y las puertas de las habitaciones entreabiertas. Busco el número de la estancia donde soñé del deseo la pena. Y estas celdas vacías son como el porvenir de la memoria de quienes las poseímos un instante.