Fonsi Valverde, actual entrenador del Areas, coordina también a los empleados de la panadería familiar que regenta y lleva años dividiendo su tiempo entre las dos actividades
21 jul 2014 . Actualizado a las 07:00 h.Hay dos escenarios que han estado presentes constantemente en la vida de Fonsi Valverde. En los dos ha pasado por diferentes fases y también ambos continúan siendo testigos de la mayor parte de su tiempo: son los campos de fútbol y la panadería familiar que ya perteneció a su abuela.
El actual entrenador del Areas tiene 47 años. Se inició en los banquillos «a los veintipocos», aunque antes fue futbolista y el nacimiento de su vínculo con el balompié se pierde en el tiempo. Como lo hacen sus recuerdos de la panadería Kopenacamos (Nigrán), cuyas riendas tomó tres lustros atrás. Desde entonces, ha compaginado el negocio en algunas etapas con su labor como profesor (es licenciado en INEF) y casi siempre con su faceta de técnico.
«No es fácil, sobre todo por las horas de sueño. Lo de los horarios lo he ido llevando bien, mejor en unos equipos que en otros, pero levantarse a las cinco y media a diario y luego ir a entrenar es duro y requiere un esfuerzo», admite el también expreparador de Lugo, Ourense y Celta B, entre otros conjuntos.
Valverde asegura que disfruta con sus dos labores e incluso aprecia una similitud clara entre ambas. «En realidad soy uno más, estoy en el obrador y participo de todas las funciones, pero sí que es cierto que coordino a un grupo de gente», explica. Como en el fútbol, «hay que hacer trabajar a cada uno en su papel y que sean conscientes de que el cometido de uno lo complementa el del otro. Aunque con otras connotaciones, hay cierto parecido con dirigir a un equipo».
Ligado a su panadería desde siempre, hubo un momento en el que tuvo que elegir entre decantarse por la docencia o pasar a regentar el comercio. «Llegué a tener algunos contratos en colegios, incluso di una asignatura en la Universidad, pero decidí meterme de lleno en la panadería porque de alguna manera es una herencia que te dejan. Tienes la impresión de que si no lo coges se va a venir abajo y no quieres que suceda eso», comenta. A día de hoy, no se arrepiente. «Es un trabajo esclavo. Dependiendo del momento del año, puedes acabar a las dos o que te den la siete y no haber terminado. De todos modos, me gusta y lo disfruto».
Además, siempre ha contado con la colaboración de sus padres, especialmente en la época en que se sentó en el banquillo del Lugo (entre el 2007 y el 2009), cuando sus progenitores prácticamente retomaron el mando del establecimiento. «Venía siempre que podía a echar una mano e incluso hice cosas bastante extrañas. Como más de un domingo levantarme a las cinco de la madrugada, estar en la panadería hasta el mediodía y coger el coche para plantarme en Lugo y jugar un partido en casa a las cinco de la tarde». En otro momento, desarrolló coincidiendo en el tiempo las facetas de técnico, profesor y panadero. «Entonces sí estuve más agobiado. Ahora me acuerdo y digo ??¡Ostras!??. Pero era una asignatura de fútbol un par de días a la semana en la facultad de Pontevedra. Se podía hacer».
Entre el deporte y el negocio, ya tomó en su momento una determinación que luego no resultó definitiva. «Después de los dos años que estuve en el Lugo en Segunda B me propusieron seguir allí, pero decidí regresar y enfocarme de nuevo en el negocio».
Más tarde le surgió la oportunidad de dirigir al Celta B y «compaginarlo con el fútbol de una manera más cercana y con mayor disponibilidad». Fue cuando más cerca se vio de acceder a una carrera en exclusiva de entrenador. «Era un escaparate al ser el filial de un equipo de Primera. Cuando no conseguí seguir allí me dije: ??Me parece que hasta aquí llegué para tener una opción de continuar solo por el camino del fútbol??. Ahora ni me lo planteo, aunque nunca se sabe».
Mientras, le ilusiona el reto de su segunda temporada -llegó al club mediado el curso pasado- en el Areas, en Tercera División. Si bien recuerda que se trata de «una gran responsabilidad». Las sesiones de trabajo son de un par de horas diarias, pero recuerda que su papel va mucho más allá. «El jugador empieza a las nueve y no se ocupa más que en ese tiempo de entreno. Tú tienes que prepararlo antes, pensar en lo que hay que hacer, en el planteamiento del equipo y en buscar soluciones para los problemas que puedan ir surgiendo en el grupo. Es mucho tiempo y el cansancio se acumula».
Por eso, aunque a día de hoy le ilusiona mejorar una segunda vuelta que no le dejó satisfecho, no sabe hasta cuándo estará en condiciones de seguir. «Me encuentro bien, por ahora no hay ningún problema. Pero en tres o cuatro años no sé qué pasará». El fútbol le tira mucho, pero la panadería no se queda atrás.