Los jugadores y los aficionados poblaron los campos de toda España con pancartas de apoyo a los damnificados gallegos por la catástrofe del «Prestige».
08 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.El fútbol es el quinto poder. Una pancarta en el Vicente Calderón trasciende más que mil personas cabreadas a las puertas de un ministerio. El fútbol es una sobredosis de evasión que acapara los discursos de lunes a domingo, pero compensa a la sociedad con días como el de ayer. En Vigo odiaron al Alavés, en Mallorca al Real Madrid, en Santiago al Sporting... pero todos los equipos de todas las categorías le plantaron cara a un enemigo común, sumaron las tonalidades de sus camisetas para ganarle al fuel monocolor. Los estadios han creado una literatula paralela, una prensa alternativa a las tesis oficiales. Ayer las alusiones a los futbolistas fueron sustituidas por irónicos mensajes a los dirigentes gallegos y nacionales. Apunte para los políticos: un sondeo de pancartas puede ser más orientativo que la encuesta del CIS. Desde el césped, los jugadores del Racing enviaban ayer «moito ánimo» a toda Galicia desde sus camisetas, un método compartido a la misma hora en Balaídos por célticos y alavesistas, quienes pedían más unión que nunca con el maltratado mar. Semanas antes, cuando el Deportivo visitó al Sevilla, la peña Biris enviaba su apoyo a toda la región gallega telegrafiado en una sábana gigante. Después el Deportivo venció a domicilio, pero la pancarta siguió allí hasta el final porque, como dijo Voskov, fútbol es fútbol, y mil derrotas son mejor que una gota de petróleo. En ocasiones, el fútbol institucionaliza sus quejas sociales. Ahí está el partido contra la droga, celebrado recientemente en Mestalla con jugadores de todas las plantillas de Primera. Ahora llegan las citas contra el fuel. El Deportivo ha convocado a toda la Costa da Morte para vestirse de corto el próximo 17 de diciembre en Riazor. Allí, chavales de Camariñas, Coristanco, Laxe o Fisterra se medirán a Makaay, Tristán y Luque, una prueba de que ante las adversidades, todos navegan en el mismo barco sin distinción entre camarotes de primera, segunda y bodega. El Santiago Bernabéu parece haber reaccionado con más prontitud que el Palacio de la Moncloa. Florentino Pérez, en su filosofía de integrar al Real Madrid con el resto de los mortales, ha gestado la celebración de un partido, todavía sin fecha, entre los blancos y un combinado de deportivistas y célticos, rivales hasta las vísceras pero conectados por las mismas aguas contaminadas. La propia UEFA dejó quebrar sus normas para paliar la mancha negra. Por un día levantó la prohibición de realizar actos antes de los partidos de Liga de Campeones. La excepción se celebró en Riazor, en el prólogo del Deportivo-Juventus, para que el presidente leyera un comunicado de apoyo a la Costa da Morte. Pero la solidaridad en el fútbol no es una exclusiva de los grandes. Ayer, el Lugo visitaba un modesto campo madrileño de Segunda División B, el del Alcalá de Henares, desde cuyas gradas se recriminó a Fraga sus aficiones cinegéticas a destiempo y el apoyo «con el pueblo gallego». Todos los campos están empapados de fuel, por fortuna, sólo de modo semántico, palabras negras en tela blanca con función logística. Para que quede claro. Nunca máis.