«A dona da pensión na que estábamos díxonos: 'Aquí, en San Sebastián, lo mejor que podéis hacer es afiliaros a ETA'»: así relata su experiencia vital el vimiancés José Cernadas
25 mar 2021 . Actualizado a las 15:14 h.Para José Cernadas (Salto-Vimianzo, 1944) no hay en realidad mucho que contar de su vida, más que «moito traballo» y sacrificio. Aun así, pese a que en la comarca es un conocido constructor, pocos conocen su faceta como músico o saben de sus aventuras en el Sáhara aquellos dieciséis meses de mili.
Allá por el año 1953 se incorporó a Os Castromiles, el quinteto musical que tenía su padre por aquel entonces: «Tería nove anos e pico cando empecei, tocando o saxofón, e alí estiven ata os catorce ou quince». Después fichó por la Iris de Baio, que por aquel entonces era raro el fin de semana que no tuviese actuación. «Cobrábase moi ben, uns trinta ou corenta pesiños cada domingo. Daquela había moitas salas de festa pola zona: en Baio, A Ponte do Porto, Vimianzo...», explica.
París y San Sebastián
En el 61 emprendió rumbo al país helvético, aunque sin contar con todos los papeles en regla: «Iamos case como nunha patera», dice el vimiancés. Iban con permiso para visitar la Virgen de Lourdes, pero, desde ahí, continuaban hasta donde pudiesen, esperando alcanzar Suiza. En su caso, él y sus siete acompañantes solo pudieron llegar a Bellegarde, pues allí los arrestaron, y de vuelta. «Tíñannos no cuartel a punta de pistola e todo. Despois metéronnos nun vagón rumbo a París», recuerda José. Aun así, el trayecto no fue tranquilo, ya que enseguida el revisor se percató de que ninguno de ellos llevaba billete. «Ao facer a conta díxonos que nos quedaría en 36 millóns de francos daquela, case nos dá unha volta, así que baixamos na primeira parada que atopamos».
Tras sortear una espesa capa de un metro de nieve lograron llegar a París y, de ahí, a San Sebastián. Recuerda Cernadas que se alojaron en una pensión de la ciudad vasca durante una semana, trabajando en lo que buenamente podían. «Acordareime toda a vida do que nos dixo a dona do hostal no que estabamos», explica: «Díxonos a todos: ‘Aquí, en San Sebastián, lo mejor que podéis hacer es afiliaros a ETA’».
Por fortuna, a lo largo del viaje recibieron mejor asesoramiento y decidieron hacer caso omiso a los consejos de la gobernanta de la pensión: «Nós daquela non sabíamos o que era a ETA, pero dixéronnos que igual non saiamos vivos daquela organización, así que fixemos caso e marchamos pitando para a nosa Galicia».
Suiza
Poco después le dio una nueva oportunidad a la aventura helvética aunque, en esta ocasión, con todos los papeles en regla y con su preciado instrumento musical debajo del brazo: «Alí onde ía eu, o meu saxofón ía comigo».
Allí desempeñó variedad de trabajos hasta que lo ficharon para la banda de música local al apreciar su talento musical al verle tocar. El estilo de José desentonaba entre los ritmos militares predominantes, con poca musicalidad y variedad de instrumentos, por lo que enseguida se convirtió en un diamante en bruto para la banda, con la que recorrió buena parte del país.
En la región de Lausanne recuerda haber tenido «un tocadiscos con pantalla», toda una novedad para él en la que reproducía temas españoles para el deleite del público local. «Os suízos toleaban para que lles puxeras o pasodobre ‘El gato montés’. Moitos francos fixen con aquel tocadiscos, porque despois era eu o que ía interpretándoa polas rúas de Lousanne, cos suízos detrás de min para que lles tocase o tema».
«Un día entrei na cociña e vin unha cabeza de camelo. Dende entón non volvín querelo»
De sus dieciséis meses en África dice guardar «algúns dos mellores recordos». Fue un servicio militar bastante tranquilo el que vivió en pleno Sáhara, pues la mayor parte del tiempo sirvió como chófer a su comandante. Lo que no recuerda con especial cariño fue el viaje de ida, que duró cuatro días y tres noches. «Unha vez que chegamos a Cádiz, metéronnos a todos na bodega do barco Virgen de África. Parecíamos corderitos, con apenas unha cama de palla», explica José.
La belleza del desierto, que pudo disfrutar de primera mano cuando realizaba largos convoys con su comandante, compensaba los largos días de calor infernal y las comidas exóticas. «Comíamos moitos xureliños pequenos e tamén carne de vaca. Despois dicíannos que tamén había rabudo de tenreira, pero en realidade era carne de camelo». No tardó mucho en apartarla de sus preferencias: «Un día entrei na cociña e vin unha cabeza de camelo. Dende entón non volvín querer nin rabudo nin tenreira, nin camelo nin nada».
De vuelta a Galicia
En el 1967 regresó a Galicia y montó una pequeña cafetería en A Coruña, «abaixo dunha oficina de concentración parcelaria». En las épocas de mayor esplendor, podían despachar hasta 200 cafés en solo unas horas.
Su siguiente paso fue montar una empresa de construcción junto con su hermano, a la que dedicó buena parte de su vida: «Hoxe teño tres fillos marabillosos que levan estupendamente ben o negocio». Para él es tiempo de descansar y de intentar revivir, algún día, «aqueles tempos tan bos que vivín en plena África».