ARA SOLIS | O |
31 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.DE LO escuchado hace unos días en el pleno de Vimianzo sobre los efectos de los incendios, más que con el debate político, me quedo con las palabras de un vecino sobre la pérdida «irreparable» de bosques centenarios en diversos puntos de la parroquia de Carnés: árboles cuidados con mimo generación tras generación, ligados a la historia de los lugares como en otra parte lo están las piedras o los monumentos. O el mar. Y no se refería únicamente a la pérdida pecuniaria, que también, como es evidente. Hablaba del dolor profundo por ver todo eso ya desaparecido para siempre. Ojalá todos, en las aldeas, pensasen del mismo modo. Hemos visto por estas tierras, en estos años, derribar carballos centenarios para ganar cuatro metros de pasto. O para construir pistas forestales que pocos usan. O para rellenar su lecho con hormigón, al lado de una cuneta casi inservible. Han caído castaños veteranos para cuatro duros de madera, que, por encima, la pagan al precio de hace un lustro o incluso peor (como los terneros, las habas, el trigo, la cebada o la leche, aunque ese es otro debate: se resume en que el paisano siempre se lleva la peor parte del negocio). Siempre se ha tratado al árbol como elemento material, sin animismos. Vale, tiene su lógica, no hay que ponerse señorito de ciudad, y menos los que nos hemos criado entre ellos y aún conservamos las letras grabadas en los ameneiros, aunque sus cortezas crecen a endiablada velocidad. La lógica es el sustrato mental derivado de décadas de escasez y hambre, en la que todo tenía su sitio para ser aprovechado y ganar unas perras salvavidas. Eso es así, fue así. Pero hoy, por fortuna, no. Y muchos siguen viendo al árbol como un elemento innecesario e instrumental, no como un fin. Otros no. Y más habrá. Otero Pedrayo lo contaba mucho mejor que yo al hablar de su irmanciño . Era un abeto.