«Llamé a todos los pacientes, uno a uno, para explicarles lo del Sintrom»

Loreto Silvoso
Loreto Silvoso A CORUÑA / LA VOZ

CORISTANCO

«Entre mis mejores amigas están las madres de los pacientes hemofílicos que atendí».
«Entre mis mejores amigas están las madres de los pacientes hemofílicos que atendí». césar quián

Se acaba de jubilar tras toda la vida en el hospital, en hematología del Chuac

01 may 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Julia Carnero Pereiro (Palas de Rei, 1951) es de esas personas que siempre fue a trabajar con una sonrisa. Así lo hizo durante cuarenta y cinco años en el Chuac, el Teresa Herrera, el Abente y Lago, el Modelo y Los Magnolios, los cinco sitios donde desarrolló su trayectoria profesional. Tras una vida entera dedicada a procurar la salud de las personas, se acaba de jubilar con una multitudinaria cena de despedida incluida. Recibe a La Voz una soleada mañana de abril, junto a su linda nieta de cinco meses, un apañado huerto y un florido jardín.

-¿Qué le viene a la cabeza si le digo la palabra Sintrom?

-¡Uy! Yo le he dedicado media vida al dichoso Sintrom. Era el caballo de batalla de todo el mundo y el mío también lo fue.

-Usted tuvo un papel determinante en la descentralización del sistema, que puso fin al desfile de cientos de pacientes por los hospitales para obtener el tratamiento anticoagulante.

-Sí, en eso fuimos pioneros y hay que agradecérselo a la doctora López, que tiró mucho por el tema, y a la gerencia de entonces, con Jesús Caramés y Ana Bugallo.

-En el año 2000, empezaron a pinchar en el dedo del paciente para el control del Sintrom, con la obtención de la analítica al instante. ¿Ahí empezó todo?

-Sí. Era impensable que se pudiera conseguir algo así. Eso fue increíble. Desde las demás comunidades autónomas nos preguntaban cómo lo habíamos logrado. Tenía un coste alto, requerías de ordenadores en todos los centros y no los había, pero lo conseguimos. Yo tuve que hacer la evaluación de cuál era la máquina más fiable [entre tres] para poner en marcha el sistema.

-Sistema que evitaba al paciente de Ponteceso o de Coristanco desplazarse hasta A Coruña.

-Eso es. Para los pacientes eso fue un cambio trascendental. El no va más. Muchos tenían que venir una vez a la semana. A veces, llegaba un paciente de Laxe y te decía: «Ai señorita, ¿pero non me pode dar os resultados antes das doce? É que se me marcha o bus». Y, a lo mejor, había salido de su casa a las seis de la mañana.

-¿Cómo fue el proceso de implantación del nuevo sistema?

-Me pateé toda el área sanitaria de Coruña. Piense que les íbamos a endosar un trabajo que antes hacíamos aquí. Tuve que formar y convencer al personal pero también al paciente, y decidí hacerlo en persona. Pensé que sería la mejor manera. Llamé a todos los pacientes, uno a uno, para explicárselo: «Mire, agora ten que ir a Laxe, non á Coruña». Y te decían: «¿Pero aí saberanmo facer?» Como mi cara era la que habían visto siempre, decidí acudir yo también el día de la primera consulta de todos ellos.

-Se está emocionando.

-Sí, me emociono, porque aún recuerdo esta frase en la sala de espera: «Estáte tranquilo, que está a enfermera da Coruña». Para mí fue mucha sobrecarga de trabajo, pero valió la pena.

-Otro de sus grandes logros fue la consulta externa de hemofilia, que puso en marcha en el laboratorio de hematología.

-Sí, creo que esa es una de las cosas que más me enorgullecen de mi trayectoria en el hospital. Logramos que los niños hemofílicos sean independientes para pincharse [ellos o sus padres] y poder recibir el tratamiento en casa. Fue muy importante, porque les permitió tener una vida normal.

-En su despedida estuvieron los de la Asociación de Hemofilia.

-Sí, siempre he sentido un apego especial por estos pacientes. Sigo vinculada a ellos. Piense que los que ahora son padres, yo los he visto nacer aquí, prácticamente.

-Ahora que ya está fuera, dígame cuál es el mayor sinsentido de la sanidad pública.

-Mire, yo soy de las que opina que nuestro sistema sanitario público es el mejor del mundo.

-Y eso que trabajó en el Modelo.

-Sí, y es el mejor centro privado que ha habido en A Coruña.

-¿Ha visto médicos de la pública derivando pacientes a la privada?

-En mi servicio, no lo vi nunca.

-¿Y los recortes, qué?

-¿Qué recortes? Yo, personalmente, no los he notado.

-¿Ni en personal ni en material?

-En mi departamento, no. Sí que es un problema la inestabilidad contractual de la gente, que hace que el sistema gaste más dinero, porque se optimiza menos.

-Entonces, ¿le duele cuando se critica al sistema sanitario?

-Sí, me duele, mucho. Yo lo defiendo siempre. Hay muy buenos profesionales. Sí que hay casos en los que alguno racanea su tiempo, y el resto se ven obligados a dar más de sí.

-¿En su trabajo es imposible no involucrarse emocionalmente?

-Te involucras siempre. Además, para los pacientes crónicos su enfermedad es para toda la vida. Y su enfermera también tiene que ser para toda la vida.

-¿Sigue manteniendo el contacto con alguno de ellos?

-Claro que sí. Entre mis mejores amigas para bajar a tomar una caña están las madres de los pacientes hemofílicos que yo atendí. Tristemente, algunas de ellas han perdido a sus hijos.

-Su oficio está lleno de buenos y de malos momentos.

-Ganan los buenos. Tuve suerte con mis jefes -sobre todo con el doctor Javier Batlle-, he trabajado en lo que me gusta y siempre he ido con una sonrisa al hospital. Ya tenía el resto de la mañana para encabronarme.