Crónica sobre un grave enfrentamiento entre representantes de la Iglesia y la sociedad corcubionesa
02 ene 2018 . Actualizado a las 05:00 h.En ocasiones salvamos del cataclismo lento del tiempo algunas historias que habitan en el más absoluto silencio, y traemos al presente episodios de toda suerte que el tiempo alejó. Hurgamos en el pasado y ponemos al descubierto las grandezas y las miserias que a través del tiempo tuvieron lugar en nuestros pueblos.
Investigando sobre otros personajes encontré la información de un episodio muy controvertido: un grave enfrentamiento entre representantes de la Iglesia y la sociedad civil de Corcubión. A raíz del óbito del médico y consignatario de buques, Hermógenes Villanueva, residente con su esposa Antonia Pou Paradela y su hija Lina Villanueva en uno de los almacenes de salazón de la playa de Quenxe, me llevó a pensar que residir en dicha fábrica indicaba que la esposa pertenecía a la saga de los fomentadores catalanes establecidos en Cee, la familia Pou, asentados desde las últimas décadas del siglo XVIII-primeras del XIX, en la zona litoral de la ría: Cee-Brens-Caneliñas, Fisterra, Corcubión...
Hermógenes Villanueva y Montenegro, natural de Betanzos, fue médico en la villa de San Marcos durante las últimas décadas del XIX, consignatario de buques y profesor de Lengua francesa y fue condecorado con la cruz de valor y constancia. En 1880 desempeñaba funciones de agente consular de EE.UU. y miembro de varias sociedades benéficas. En el verano de 1891, sufrió una fuerte tos agravada con los días. El 29 de diciembre cayó enfermo con una grave bronquitis, reclamando su esposa la presencia de sus hijos Isaac y Elvira, que residían lejos. En esas circunstancias el párroco de Corcubión, Antonio C. Andrade y Abente, discípulo de Villanueva, quiso visitarle enviando una carta a la familia para que señalase día y hora para «ver a solas al enfermo para saludarlo como amigo y como párroco decirle lo que más pudiese convenirle», una misiva que no señalaba otra cosa que un cierto alejamiento personal entre familia y sacerdote. A la vez, el cura manifestaba que su presencia en tales circunstancias sabía que no a todos le era agradable, pero creía un deber visitarlo, faltando a su sagrado ministerio si no lo hubiese hecho, o no tratase, al menos, de intentarlo.
Según la información llegada a nuestras manos, los familiares de Hermógenes ocultaron la misiva al enfermo, contestando al párroco que «cuando le conceptuaran de suma gravedad y el enfermo lo pidiese, a él acudirían en seguridad».
Ante la evasiva, el cura siguió insistiendo en su visita, repitiendo la familia idéntica contestación: «Que en tanto en cuanto el enfermo no lo pidiese, no le podrían recibir», y pasados tres días el párroco se presentó en Quenxe acompañado del ecónomo y del sacristán, dando golpes a la puerta del edificio y pretendiendo a toda costa ser recibido por las dos hijas del enfermo, evitando citar a la esposa, buscando y manifestando así una protesta en la que hubiese testigos de que no le permitían administrar su ministerio.
Alboroto
El alboroto fue notable, pero los hijos del enfermo volvieron negarse a recibirle, saliendo al exterior un pariente próximo para hacer ver al religioso que no era necesario tal aparato para visitar a una familia digna, añadiendo que cuando llegase la triste ocasión de ejercer su ministerio le llamaría. No obstante, no quedó satisfecho el párroco, manifestándolo al representante de la familia, retirándose sumamente enfadado y asegurando que aquel desagradable incidente lo pondría «en conocimiento del Prelado, con el cual se habían cruzado telegramas sobre el caso», levantando así una muralla infranqueable, sin posibilidad de reconciliación.
A los pocos días, y después de una dolorosa agonía, a las 5 horas de la madrugada, y con todo el conocimiento, Hermógenes cerró los ojos por última vez el 2 de febrero de 1892, a los 75 años, a causa de un «catarro crónico pulmonar». Y, su familia pidió efectuar el sepelio, en lugar de en el cementerio católico de Corcubión, en el de Cee, ya que disponía de una zona civil. Aun así, personas muy próximas por vínculo de parentesco -quizás Manuel Xampén Pou, hijastro de Villanueva y fomentador, comerciante y consignatario marítimo residente en San Roque-San Martín de Duio-Fisterra- trabajaron cerca del párroco, sin conocimiento de los hijos y la esposa del difunto, para que telegrafiase al Prelado en Santiago y solicitase sepultura en cementerio católico, a lo que Antonio Andrade, así dice la información, se prestó tal vez «arrepentido de su proceder anterior», pero negándole finalmente el superior santiagués la «sepultura y funerales».
A las cuatro de la tarde del 3 de febrero, presidido por los alcaldes de Corcubión y Cee, y en medio de un fuerte temporal de lluvia, se trasladó el féretro, acompañado de autoridades, amigos y un gran cortejo de las clases populares, conduciendo el féretro, en lugar de al cementerio, a las instalaciones portuarias, donde salió al encuentro una comisión del Casino que había colocado desde primeras horas de la mañana un lazo de cinta negra en señal de luto, depositando una segunda corona de pensamientos junto a la imagen del Crucificado que llevaba sobre la tapa de la caja y cerca del cual pendía en un lazo el lema «Hacia Dios por la Caridad».
Allí, con el cadáver de Hermógenes en el puerto, me recordó al alcalde coruñés Federico Tapia, un republicano ilustre que había fallecido solo unos meses antes, produciéndose en su entierro civil serias alteraciones de orden público.